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Jorge Enrique Abello
Puntos de vista

La parábola de las manos

Arde el sol calentando la garganta de barro de lo que alguna vez fue un espejo de agua sobre el selvático río Atrato. En unos charcos moribundos de un pequeño tramo, las manos de José buscan el oro que dará de comer a su familia, que años atrás conquistó la ribera del río a punta de sueños y que con el tiempo ha ido perdiendo la batalla contra el hambre. José encuentra oro, las disidencias de la guerra centenaria se lo pagan, José tiene dinero para comer, sus hijos comen, Jonás el más pequeño come. Jonás y los demás tienen los días contados, su cuerpo envenenado por el agua del río colapsará sin que nadie pueda detener el mercurio que corre por el caudal de su sangre. Pero José logró traer comida a casa.

El manto de la noche los protege. Yemilson y otros jóvenes más, alentados por las historias de arrieros y colonos que hicieron de esta tierra una gran nación, prenden las antorchas, el fuego ilumina sus caras de dioses famélicos y en la frontera de la selva del Orinoco le prenden candela a la madre del agua, las dantas, el puma y la vida. La nube de humo se extiende por todo el país y como un cadáver etéreo deja caer sus huesos de gas sobre Bogotá, que se levanta con alerta amarilla por contaminación. Las manos de Yemilson reciben la paga que promete la mala hierba de la coca, dueña y señora de la tierra devastada. Yemilson tiene dinero, pero ya no tiene tierra dónde sembrar el sustento diario.

Las manos de Miguel terminan de bosquejar el entramado de un negocio sobre la servilleta de un restaurante en Bogotá. Las copas tañen como campanas de día de fiesta, alguien entre risas y frenesí dice que les va a “quedar la jeta redonda de decir oro”. Todos celebran 7.000 millones de pesos que por debajo de la mesa ahora les pertenecen. Sobre ella un mesero sirve unas jugosas chernas para cenar, “son tan exquisitas como la langosta” apunta la mujer de Miguel.

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