
Desde hace varios días, vemos en la agenda pública propuestas, trinos, spaces, artículos de prensa que se refieren a los buenos usos de la mata de coca. Un tema que trasciende las esferas del pensar con el deseo de una agenda política y legislativa. Juan Manuel Santos ha sido precursor del tema y Gustavo Petro lo acompaña. Son muchos años, mucha historia y muchas telenovelas que dan fe de los efectos en la distribución de la tierra y en las vidas de los campesinos (y narcotraficantes) de nuestro país.
Cuando me refiero a campesinos me imagino a una mujer o a un hombre que tiene una parcela (y que sea este el momento para recordar lo que dijo la entrante ministra de Agricultura, Cecila López Montaño –“Un millón de familias campesinas tienen menos tierra que una vaca“–) y con sus manos la cultiva y con sus manos cosecha, solitario en un mundo donde todo se mueve por las grandes industrias, donde se obliga a participar en una cadena de valor, la cual no hace parte de sus prácticas culturales. Ellas, ellos, en el intenso frío o en el agobiante calor, viven y mueren por y para su tierra. Lo que es el verdadero arraigo a la tierra.
Esa tierra ha sido usurpada, despojada, alterada por los grandes terratenientes y también por una vertiginosa expansión de los cultivos de coca. Así es, campesinas y campesinos sin la autonomía que les corresponde, son presionados para producir réditos para la economía del narcotráfico. Es tan preocupante el tema, que incluso, la Comisión de la Verdad expuso el impacto que ha sufrido el pueblo awa, de Nariño, “violencias sistemáticas en medio de la disputa de actores armados por el control territorial”. Sumado a la resignificación obligada de espacios y tiempos, al ser convertidos en corredores estratégicos para el tráfico de la hoja de coca y luego de la pasta.
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