
En Bogotá la mayor discriminación social y económica tiene que ver con el tiempo que las familias más pobres pasan en medio de un trancón en el deficiente sistema de transporte público. El martirio de atravesar la carrera Séptima norte-sur o sur-norte, es el ejemplo más dramático de esa realidad. Un ciudadano que vive en El Codito, al norte oriental de la ciudad, pierde al menos dos meses al año en el tráfico de la Séptima. Así mismo, a la altura de la calle 100 desde Usaquén, la Séptima parece más un gran parqueadero que una avenida, a causa del muro que representa la calle 94 para subir a la Circunvalar.
Desde hace al menos 30 años, todos los alcaldes de la ciudad han tenido diferentes alternativas para mejorar la movilidad de la Séptima. Desde tranvías, metros, BRT y “Transmilenio light”, hasta corredores verdes. Y en todo este tiempo no hemos sido capaces de concretar ninguna solución para una vía emblemática, que necesita mover alrededor de 20.000 pasajeros hora por sentido, cuando la Avenida Caracas mueve más de 40.000.
Solo a comienzos de este siglo Lucho Garzón decidió impulsar el corredor de la Séptima como una troncal que uniera la ciudad de sur a norte, conectando la carrera décima con la Séptima. En su administración, Garzón contrató la primera parte y después, cuatro alcaldes sucesivos fracasaron en el intento de continuar la troncal desde la calle 32 al norte. Samuel Moreno se comprometió con el TransMilenio ligth, Gustavo Petro se la jugó por el tranvía, Enrique Peñalosa avanzó en el diseño de la troncal de TransMilenio y el tiempo se le agotó. Pasaron 12 años sin que ninguna administración garantizara un corredor vial decente en el oriente de Bogotá.
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