
Tati me escribió aturdida con la noticia, tenía datos que yo no conocía porque trabaja en un gran medio de comunicación, apenas dos días antes me había visitado y habíamos hablado largo rato sobre el Chocó, quizá por eso lo primero que se le ocurrió fue escribirme. Mientras yo leía lo poco que se sabía y veía las escasas imágenes hasta ese momento empecé a temblar, lo primero siempre es el miedo, esa sustancia que, como tantos dicen, lo paraliza o lo moviliza todo. Sentía miedo porque, en esos casos, la mayoría de los chocoanos y en especial habitantes de Quibdó tenemos alguien ahí: un familiar, un amigo. Aquí todos hemos puesto muertos en las carreteras. Tememos que haya entre las víctimas algún hermano, un primo, una tía, el hijo de un gran amigo. Esta vez, por ejemplo, tres familias a las que les tengo mucho afecto perdieron seres queridos.
El miedo no me dejó escribir nada esa noche de viernes. Me acosté con el estómago revuelto, con una tristeza que me venía de los más hondo. Otra vez estábamos en el lugar de víctimas de una tragedia de enormes proporciones que, como todos sabíamos, podía volver a ocurrir y era prevenible.
Al día siguiente tenía que sacar fuerzas y hacer esta columna, escribí la segunda más dolorosa de estos dos años. Tenía poco que decir así que acudí a lo que dedico parte de mi trabajo como investigadora y escritora: a nombrar lo que ha sido históricamente invisibilizado, lo que se olvida deliberadamente o se traspapela entre las muchas páginas de racismo. Escribí uno a uno los nombres que encontré, de quienes perecieron entre el agua, la tierra y la lluvia que tanto amamos, que es nuestro orgullo, nuestra riqueza, y la desidia estatal ha convertido en nuestra condena.
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