
Hace poco volví a escarbar los viejos álbumes familiares y, como suele pasar con los libros que releo o las películas que repito, descubro nuevas tramas y relatos en aquellas fotos viejas. Es curioso regresar a esos instantes detenidos en el tiempo, en un tiempo que se conserva en unas tintas sobre un papel y que contienen la emoción exacta de esos momentos. Me gusta ver a mis padres siendo niños y trato de encontrar en sus gestos algún parecido donde me reconozca. Ya de mis abuelos no hay tantas fotos en sus infancias, pero sí en sus juventudes donde descubro la atmósfera de una época y el espíritu de ese tiempo. Los observo risueños, con un ademán de querer comerse el mundo y miro a mis abuelas hermosas, con un aire de sensualidad de esos años.
Almudena Grandes me dijo alguna vez que cuando supo, en pleno franquismo, que su abuela fue en los años veinte a ver a Joséphine Baker en un teatro de Madrid había comprobado con alegría que esa abuela había sido más moderna que sus hijas. Son esas cosas que pasan cuando regresamos a los álbumes de la casa: nos sorprendemos con los secretos de los ancestros.
Uno de mis pasatiempos de niño era contemplar durante horas esos álbumes que estaban en la sala de la casa de mis tías y dentro del escaparate de mi abuela. Era una forma inconsciente de empezar a construir una identidad y de saberme parte de una genealogía y de una raza donde me sentía seguro. Me llamaba la atención que las fotos de los abuelos y bisabuelos jóvenes ya aparentaban vejeces prematuras. Tenían dieciocho o veinte años y parecían ya unos próceres de la patria con grandes bigotes y gestos de grandeza. Los rodeaban otras eminencias con poses de figuras ilustres y los rostros femeninos siempre dentro de un óvalo que resaltaba sus bellezas y que podrían ser posteriormente un pretexto para una imagen de camafeo.
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