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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

El regreso del cometa Halley

Recuerdo que para mediados de 1985 se empezaba a anunciar el paso del cometa Halley por la tierra. Eran días difíciles para el país, pero el fenómeno celeste no solo venía cargado de múltiples misterios, sino que las grandes agencias espaciales, astrónomos y la comunidad científica en general indagarían sobre las noticias del espacio y del infinito que traería el paso de este cometa. Esto nos iba, sin duda, a distraer frente a la realidad oscura de la Colombia de esa década.

Yo estaba, por esos días, aficionado a la serie Cosmos de Carl Sagan que la pasaban los sábados en la noche en el canal once o cadena tres. Mi madre grababa los capítulos en un viejo betamax para conservarlos y repetirlos en cualquier momento y fue así, bajo la mirada generosa de Sagan, su voz doblada al español latino por el actor mexicano Agustín López Zavala y la música del inicio del gran compositor griego Vangelis que me sumergí por primera vez en la fascinación de descubrir los secretos del universo. Los nombres de cada capítulo eran una invitación a la poesía: En la orilla del océano cósmico; Una voz en la fuga cósmica; Cielo e infierno; Blues para un planeta rojo / Nostalgia por un planeta rojo; Relatos de viajeros; El espinazo de la noche; Viajes a través del espacio y el tiempo; La vida de las estrellas; El filo de la eternidad; La persistencia de la memoria; Enciclopedia galáctica y ¿Quién habla en nombre de la Tierra? Mis favoritos eran y sigue siendo La persistencia de la memoria y Blues para un planeta rojo que los repetía con insistencia en esos viejos casetes de betamax.

Por eso la llegada del Halley significaba todo un acontecimiento para mi pequeño mundo y mis primeros días de adolescencia. Estaba pendiente y atento a las noticias y por las noches seguía la trayectoria de acercamiento a través de los informes que hacía Max Henríquez, el hombre de los pronósticos del clima y la meteorología en el célebre Noticiero Nacional que dirigían Javier Ayala y Gabriel Ortiz. Max compartía set con José Fernández Gómez y Adolfo Pérez y sobre una pantalla croma cuyas imágenes en movimiento recordaban algunos juegos de Atari o Intervisión y nos informaba, no solo sobre el itinerario estelar del cometa, sino que ofrecía con detalle las recomendaciones y coordenadas celestes para su observación a simple vista.
Mi tía Lourdes, que vivía en la Florida, conocedora de mi afición me envió de regalo un telescopio aficionado que ya venía bautizado con el nombre comercial del Halleyscope (y que aún conservo). Así, “armado de ardiente paciencia”, lo ubiqué desde la ventana del apartamento familiar en el antiguo barrio Sears de Bogotá mirando hacia los cerros orientales, pues la indicación de Henríquez era clara: si no había nubosidad, el cometa era visible en un punto exacto entre Monserrate y Guadalupe alrededor de las cuatro de la mañana. La hora era nefasta. Todo un sacrificio para un adolescente que debía cumplir (con mucho esfuerzo y pocas ganas) los deberes escolares. Así que entre el acercamiento del 27 de noviembre de 1985 y abril de 1986 fueron muchos los intentos fallidos para ver el Halley. Una vez apunté el telescopio directamente a las luces de la naciente avenida circunvalar y quedé encandilado varias horas. Muchas otras madrugadas me quedé dormido y las pocas veces que logré vencer el sueño y el frío el cielo del altiplano estaba cubierto de densas nubes.

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