
El ruido y el bullicio en Colombia se han vuelto insoportables. El ruido de los buses y los carros, además de la innecesaria y agotadora costumbre de pitar por cualquier cosa, ya no son los únicos sonidos molestos que tenemos que soportar. Cada vez hay más problemas entre vecinos como consecuencia de las constantes fiestas y la música a alto volumen. Ni la hora ni el nivel de sonido permitido son respetados. Los casos de bares, restaurantes, discotecas y hasta iglesias que incumplen con la normativa al respecto no dejan de aumentar. En varios restaurantes y cafés el volumen es también cada vez más alto. Se ha vuelto difícil mantener una conversación, o concentrarse y trabajar en estos lugares, por el alto volumen de la música que ponen.
Tampoco se puede estar en una playa sin tener a una persona al lado con un parlante con música electrónica a reventar, a otra en el lado contrario con reguetón y a una atrás con vallenato que suena durísimo. Esa insufrible mezcla de sonidos, en competencia con el ruido de los barcos que fondean en las bahías de en frente, hace que ir a una playa en Colombia sea más una pesadilla que un placer. Es imposible relajarse y descansar. En cualquier lugar en donde uno esté, tiene que aguantarse el gusto musical del vecino y el nivel de volumen que este escoja, así supere los decibeles permitidos.
La agresividad y violencia por parte de quienes generan el ruido son un problema adicional. Pedir que se baje el volumen y se respete a quien no quiere oír produce constantemente reacciones violentas. El video que publicó Ana Cristina Restrepo, en el que cogieron a piedra su carro solo por pedir con que se cumpliera la ley, sumado a otras historias que se han compartido en redes sobre actos violentos por solicitar respeto, muestran cómo muchos se sienten autorizados para perturbar la paz y tranquilidad del otro. Se les olvida, sin embargo, que no están solos y que vivimos en una comunidad.
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