
En el pénsum de mi colegio no estaba incluida La vorágine. A las monjas con quienes estudiaba no parecía interesarles lo que ocurría en una selva lejana de su convento benedictino en Bogotá y en cambio veían con buenos ojos que las niñas leyéramos obras del siglo de oro español, como El alférez real, que era más acorde con nuestra educación anticuada y prosopopéyica.
La leí, entonces, como leía todo en esa época, en el bus del colegio, o camuflada entre los libros de física y religión. Así conocí no solo a Rivera sino a Rulfo, a Carpentier, a Cortázar, a Onetti y a Borges. No por intelectual, sino por enamorada, porque mi novio de entonces, que era bastante mayor que yo, leía a esos autores.
Entendí poco La vorágine. No pude superar ese lenguaje denso como la selva que describía y me devoró, como a Cova, la manigua intransitable y las fiebres de pesadilla que tenía cada vez que terminaba una de sus tres partes. Me pareció eterna, compleja, ajena. Pero también me pareció inquietante.
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