
Pertenezco a esa legión de lectores desordenados, azarosos y apasionados, que leen con detalle hasta las listas del supermercado y los avisos clasificados y que se sumergen con gran placer en un laberinto infinito de textos, artículos de prensa y, por supuesto, libros de diversos temas y géneros. Así lo hice desde muy niño cuando me aproximé a mis primeras novelas de aventuras, las primeras leyendas y primeros versos que me sacudieron mi sensibilidad y manera de mirar el mundo para siempre.
También desde aquella infancia me convertí en un comprador compulsivo de libros y en un coleccionista de volúmenes que cargan una especial simbología afectiva a lo largo de mi vida. El otro día revisando mi desordenada biblioteca encontré varios libros que han sobrevivido a trasteos y viajes y que vienen desde aquellos tiempos. Muchos que eran de la biblioteca de mis padres y que están firmados por sus autores para ellos y otros tantos que fui adquiriendo poco a poco a través de los años porque finalmente una biblioteca es eso, un testimonio de una vida, un museo personal de afectos y afinidades. Al igual que pasa con las amistades uno va depurando con el paso del tiempo y va decantando esos afectos y lo mismo ocurre con las bibliotecas que uno purga de vez en cuando y limpia para conservar lo que resulta verdadero para el alma y el corazón. Así me sigue pasando con muchos libros que tienen ese valor personal que no permite que salgan de mis estanterías así hoy en día haya mejores y más bellas ediciones de ese mismo título. Conservo aquellos por una lealtad a ese recuerdo y como un ritual de gratitud por lo que significó en aquellos días luminosos.
Mi madre me compraba enciclopedias que se pagaban a cuotas directamente a los vendedores del Círculo de Lectores o de las editoriales que visitaban las oficinas. Con mi padre conocí algunas de las librerías emblemáticas de Bogotá como la Buchholz, la Contemporánea, la Central o la siempre vigente y necesaria Lerner y su inmensa sala de libros colombianos, pero más adelante mi curiosidad me llevó a Enviado Especial (que dirigía la periodista Gloria Moreno en alusión al exitoso programa de su esposo el gran cronista Germán Castro Caycedo) donde conocí a mi amigo Álvaro Castillo Granada quien sigue siendo el responsable de llenar de carácter mi biblioteca personal que él conoce muy bien y por eso sabe cómo nutrirla ahora, tres décadas después, desde San Librario. Aquella década de los noventa me llevó a muchas que ya desaparecieron como Biblos o Caja de Herramientas o la librería de la Casa de Poesía Silva donde podía adquirir novedades poéticas del mundo hispano entre ellas el Diario de Poesía de Argentina y Hora de Poesía de España entre otras publicaciones.
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