
El genocidio comenzó el 6 de abril de 1994 y el horror duró hasta mediados de julio de ese año. Tres meses. Tres meses en los que las milicias hutu, armadas con machetes, palos y piedras, asesinaron a un millón de personas pertenecientes a la minoría étnica tutsi. Ruanda, un pequeño país en el oriente de África, sufrió una de las masacres más aterradoras del siglo pasado, y al final quedó destruido, fragmentado, bañado en sangre y lleno de rencor.
El camino hacia su reconstrucción ha sido largo y doloroso y ahora, veinte años después, nadie se reconoce como perteneciente a una etnia, sino que todos dicen que son ruandeses, y eso es suficiente. Todos son uno y entre todos han aprendido a perdonar y se han encargado de que el recuerdo de esos días espantosos quede para siempre. En todo el país se construyeron memoriales para que los habitantes de las ciudades, los pueblos y las veredas, no olviden.
Hace poco visité el Memorial del Genocidio de Kigali, la capital. Me recibió una mujer con la cara surcada de cicatrices y la mirada triste y me llevó a una sala de video, donde algunos sobrevivientes narraban su historia. Una anciana contaba que su vecino, el padrino de sus hijos, fue quien asesinó a su esposo y a sus niños. Un joven decía que vio cómo mataban a su madre y a sus hermanos mientras él se escondía de los criminales, a quienes conocía porque vivían en su barrio. En muchos casos los asesinos eran amigos de infancia, colegas de trabajo, familia política, y de los miles y miles de víctimas que dejaron no se han identificado muchos, quizás la mayoría, que ahora reposan en una tumba enorme, del tamaño de un campo de fútbol, a la que los visitantes le llevan flores, sin saber si las ponen sobre los suyos o sobre otros, porque al final todos son uno, todos son víctimas, todos necesitan que los lloren.
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