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Rodrigo Botero
Puntos de vista

Volver a la sombra del árbol no es un acto de debilidad sino de sabiduría

Recorro las montañas del Quindío y se observa un majestuoso paisaje de bosques cargados de palmas, bromelias, yarumos blancos, en medio de pendientes muy pronunciadas y abundante agua. En otras laderas se ven mosaicos de cultivos de café, plátano, frijol, mientras que en el borde de carretera, se venden aguacates, lulos, mangos, yucas, y otra amplia y diversa oferta de alimentos. La generosidad del suelo se explica en gran medida por los maravillosos aportes de ceniza volcánica que cubren su territorio, al igual que el del gran Eje Cafetero, que se asientan en una cordillera joven, y una pluviosidad media bien distribuida a lo largo del año. En este contexto, se han desarrollado modelos intensivos de agroforestería, gracias a una cultura campesina fuertemente arraigada, que ha incorporado los usos intensivos del suelo, combinados con una protección de los mismos gracias a esa inclusión de árboles y rastrojos en su modelo productivo.

Sin embargo, también veo una mancha de pinos que ocupa extensiones de suelos que podrían estar dedicados a la producción agrícola. Si bien creo importante el desarrollo de una economía forestal maderable, que compensa los bosques dedicados a la conservación o producción no maderable, también creo necesario abrir la discusión sobre la zonificación productiva de los bosques plantados para usos maderables. No creo que se deba hacer una “demonización” de las especies, ya sean estas foráneas o nativas; tampoco magnificar las bondades de algunas de ellas, en un contexto de protección de biodiversidad, aguas, suelos y fauna, además del balance necesario con la producción agroalimentaria.

Los pinos y eucaliptos pueden tener un lugar en el desarrollo forestal del país, pero seguramente habrá que hacer ajustes normativos para garantizar, por ejemplo, el que estos no sean plantados en zonas donde la calidad de suelos, puedan ser orientados hacia la producción agrícola. También, en términos de la extensión de las plantaciones, de manera que las demandas de agua superficial o subsuperficial, no disturben el régimen hidrológico de microcuencas. Respecto de sus formas de cosecha también habrá que avanzar, pues esas formas de cosecha donde el suelo queda totalmente descubierto, sin ningún tipo de cobertura, son la peor condición posible para facilitar procesos de erosión severa, con pérdida de fertilidad de largo plazo, como lo que sucede en las mentadas montañas cafeteras.

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