
Vine a Lagos, Nigeria, al encuentro con una enorme comunidad de hermanas del ñame. Vine a recargar el alma con los abrazos, las palabras y el afecto de grandes escritoras y gestoras culturales negras que hacemos cosas similares en lugares tan diversos como Botsuana, Kenia, Estados Unidos, Zimbabue, Sudáfrica, Alemania, Nigeria o Colombia. Con o sin consciencia suficiente sobre la trata esclavista o sobre los efectos de la colonización, aquí nos juntamos un montón de mujeres que escribimos, lideramos festivales, imaginamos y hacemos realidad cientos de formas que tienen en común, de fondo, la búsqueda de nuestra libertad.
Es imposible describir con precisión los días aquí. Ha sido una descarga de emociones, con frecuencia, contradictorias entre sí: sentirme en casa y ajena, lograr comunicarme con gestos simples y no comprender nada en una conversación en inglés, encontrar calles y barrios tan parecidos a los nuestros en el Chocó y al mismo tiempo una ausencia de selva húmeda tropical que me llena de aridez. La laguna de Lagos es imponente, enorme, se divisa desde uno de los extensos puentes icónicos de la ciudad, que tiene a su costado el barrio Makoko, una enorme extensión de casas palafíticas que parecen emerger de una mezcla de agua, botes y basura. Aún así, no podría decir que siento aquí una conexión fuerte con el agua. En el Ake festival me emocionó la soltura, la espontaneidad de las personas, las risas a carcajadas, los chistes, uno tras otro, que rompen todo protocolo, tan familiar para mí, tan inusual en los eventos en mi país, donde no se imponen las culturas negras porque solemos ser la excepción.
No puedo catalogar una cosa u otra como la deseable, como la correcta, todas podrían serlo, aunque se contradigan. Esto es más que lógico al intentar hacerse a una idea sobre un territorio como este, desde un lugar quizá mucho más complejo como el de cualquier afrocolombiano que viene a esta tierra madre, sintiéndose mucho de acá y siendo totalmente de allá.
Ha habido quizá dos momentos muy fuertes en esta experiencia, uno fue cuando una mujer me dijo que creía que en Colombia no había negros. En realidad, eso pasó varias veces, aunque con más sutileza que en la conversación con la mujer. He pensado mucho en el asunto y creo que ahora se me parece a un cuento de una madre cuyo hijo fue raptado y muchos años después sus bisnietos regresan a buscarla, pero ella ha muerto y sus descendientes no saben de aquellos primos no tan lejanos que comparten la misma sangre, pero crecieron en otro mundo como consecuencia del rapto que ya es una historia olvidada.
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