
Siempre hay una razón para que toda conversación termine girando en torno a Petro. Cuando no es el último anuncio es el siguiente estropicio; cuando no es la más reciente diatriba es un nuevo escándalo. Así se mueve Colombia en el día a día, en una dialéctica fluctuante entre unas mayorías indignadas y unas minorías fervorosamente devotas.
Esto no es casualidad. No es porque Petro sea adicto al Twitter. Es una estrategia deliberada del presidente para mantener al país enfocado en Gustavo Petro. A los colombianos no nos están dejando pensar solo reaccionar. Y en esa reacción, que de manera premeditada está concebida para estar siempre teñida de emotividad y sectarismo, se va diluyendo la gravedad de lo que acontece.
Avivando las tensiones sociales, profundizando los conflictos políticos y violentando verbalmente al país, Petro logra camuflar el proyecto político de su perpetuación en el poder. Es un poco patético observar las largas horas y las muchas energías que se consumen analizando el último trino o reaccionando a los insultos e injusticias que vomitan todos los días el mandatario y sus ministros activistas. En la medida que sigamos cayendo en esa trampa, cebada por Petro con la carnada de su retórica, estaremos condenados a no entender lo que está ocurriendo.
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