
Iría en el tercer semestre de Comunicación Social – Periodismo en mi alma mater, cuando experimenté las primeras insinuaciones sexuales de profesores. Recuerdo un par de casos como los más abusivos e incómodos que, por suerte, no pasaron de ser dos más para el anecdotario del bloque 12, como cientos y cientos de historias que, de vez en cuando, nos revelamos entre excompañeras que ahora ya somos señoras. En medio de las revelaciones aparecen casos mucho más graves, que jamás se convirtieron en denuncias formales. La misma historia seguramente podrán contar muchas mujeres egresadas de nuestra querida Universidad de Antioquia desde décadas atrás.
Veinte años después de mis tiempos de revoloteo diario por los pasillos y patios de la que hoy se conoce como Facultad de Comunicaciones y Filología, contamos con mayores herramientas para reconocer los abusos y nos hemos despojado, al menos en parte, de los temores que nos obligaban a guardar silencio. Paradójicamente, y aunque hemos avanzado también como sociedad en términos jurídicos y culturales gracias a las constantes luchas de otras mujeres, las instancias directivas de la Universidad de Antioquia siguen anquilosadas, sin dar respuestas y atención eficiente a la enorme cantidad de denuncias sobre acoso, abuso, violaciones y otra serie de violencias basadas en género, que no solo están afectando a las víctimas directas, sino también a sus colegas, familias y círculos cercanos.
Nuestra universidad es un entorno inseguro para muchas, donde hombres, mujeres, personas disidentes y de géneros diversos han manifestado habitar con miedo; sin que se vislumbren, en el corto y mediano plazo, acciones pertinentes para cambiar esta situación, a pesar de que el pacto de silencio se rompió hace varios años.
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