
Estamos hechos de relatos, ya lo sabemos, y necesitamos de los inagotables mitos para forjar nuestra identidad y lugar en el mundo y para conformar un sistema de creencias y verdades que nos sostengan. Por eso construimos relatos que pasan a las siguientes generaciones y recibimos de nuestros antepasados otros tantos que sobreviven en el imaginario familiar a través del tiempo. Las mitologías familiares son como tejidos intrincados, hilados con la experiencia y la tradición. Son los relatos que nos susurran al oído quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Estas narrativas nos permiten moldear nuestra identidad personal y familiar. Miramos los retratos de los antepasados y algo sabemos de sus rituales y de lo que hicieron en su momento para que nuestro presente tenga las verdades de a pulso que nos definen.
De igual forma necesitamos unas narrativas originarias en la relaciones amorosas y de profundos afectos porque las parejas necesitan construir sus mitos para unir los dos relatos que cada uno trae y comenzar a forjar el que les pertenecerá para siempre, Por ejemplo, cuando comenzamos a vivir una historia de amor fijamos desde el comienzo unos códigos arquetípicos que ayudarán en el futuro a descifrar las claves del origen. Por eso es tan importante, para muchas parejas, fijar una fecha de aniversario y poner un recuerdo o etiqueta a todas las primeras veces en que se fue fundando todo: el primer café, la primera película, el primer beso, el primer viaje, el primer baile. Y así cada fecha, nombre, anécdota permite trazar las coordenadas de un destino compartido. Por eso dentro de esos mismos relatos son tan importantes las bandas sonoras, cada una de las canciones que acompañan el periplo vital de la relación.
Somos seres que necesitamos de narrativas y que nos den repuestas a nuestras preguntas de siempre. También buscamos un significado a todo lo que nos rodea para dar sentido a nuestras experiencias y miradas. Necesitamos siempre reafirmar pertenencias y conexiones y saber de dónde vienen ese rostro, esos ademanes y esas formas de mirar que nos delatan en nuestras emociones. Tan solo añadimos nuevos capítulos a esos relatos que nunca terminan de escribirse.
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