
Las preocupaciones ambientales de la población colombiana han sido minimizadas históricamente; solo ahora, cuando día a día se reportan en los grandes medios las zonas de racionamiento de agua, el nivel de los embalses, las zonas donde llovió, o los ríos y diques que se desbordan, las avalanchas que se caen, entre muchos otros fenómenos, vemos cómo, definitivamente, el medio ambiente tiene un rol preponderante en la vida nacional.
Las discusiones territoriales animan cada vez más una forma de abordaje cada vez más compleja, donde es evidente la relación entre el uso del suelo, las condiciones climáticas, la zonificación ambiental y de los asentamientos, así como la pobreza y necesidades básicas insatisfechas y por tanto, la focalización de la inversión publica. En Colombia, además, la presencia de grupos armados que median en el impulso de algunas formas de uso del suelo, desde lo ilícito a lo “agroindustrial”, le pone un poco más de picante, a este coctel explosivo en que se está convirtiendo el impacto de los eventos climáticos extremos en un país desordenado, que reacciona a punta de “desastres naturales”.

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