
El Magdalena Medio contiene tantas riquezas como conflictos socioambientales. Apenas me asomé por un ladito de la Serranía de San Lucas y el panorama genera ansiedad.
Cuando se observa el horizonte, al norte de Barranca, se ve la enorme planicie del río Magdalena, llena de ciénagas y humedales, producto de la movilidad de un río meándrico y su condición geológica y geomorfológica. Esa llanura se está transformando en una producción agrícola de gran tamaño e inversión, en su mayoría de palma aceitera, alimentada por suelos con gran fertilidad. Es una fuerza económica legal que se ha desarrollado y vinculado a grandes grupos de población, en medio de las presiones de otras actividades ilegales más rentables, que sin duda atraen población vulnerable. Sin embargo, este crecimiento de cultivos pareciera no tener incorporados criterios de sostenibilidad ambiental, pues palmares viejos y nuevos llegan hasta el barranco del río Magdalena, y otros, inclusive en humedales y pequeñas ciénagas, que están siendo sembradas, drenadas y transformadas definitivamente. ¿Dónde está la planificación predial de estas grandes plantaciones? ¿Quién hace seguimiento al cumplimiento de la normatividad sobre las restricciones del uso del suelo? ¿Cuáles son tierras públicas y cuáles son las tituladas?
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