
No sé en qué momento empezó a aparecer la palabra activista en mis perfiles, nunca lo he puesto en mi hoja de vida o en algún texto enviado para que me presenten. Se me ocurre que surgió de la percepción de algunos. Me sentí extraña cuando me invitaron a una conversación hace casi un año en el marco de un evento del libro, para hablar específicamente de lo que significaba ese rol.
La segunda acepción que presenta el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española para activismo es “Ejercicio de proselitismo y acción social de carácter público, frecuentemente contra una autoridad legítimamente constituida”. Al consultar el término activista, la tercera acepción dice “Militante de un movimiento social, de una organización sindical o de un partido político que interviene activamente en la propaganda y el proselitismo de sus ideas”.
En ambas acepciones hay unos detalles aparentemente sutiles, pero que podrían explicar la carga negativa que socialmente se le ha impuesto a la palabra. Dentro de esa carga negativa quizá lo que más me sorprende es la asociación con la inacción. Solemos tener la idea de que una persona activista levanta la voz, reclama, discute, pero poco o nada materializa acciones.
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