
Tengo la fortuna de conocer los once municipios antioqueños que conforman la región de Urabá, he recorrido sus cascos urbanos y un número alto de sus corregimientos, me he movido por carreteras y caminos veredales, he nadado el mar dulce y he navegado por el Atrato, cuyo curso es, quizá, lo que primero me hizo sentir parte de esta región que es también Chocó Biogeográfico. “Los ríos no pueden dividirse con una línea en la mitad”, suelo decirle a los más pequeños cuando les leo Chocó: selva, lluvia, río y mar (Lazo Libros, 2023), para explicarles que Urabá y el departamento del Chocó son, por naturaleza, una misma cosa.
Compartimos geografías, historias y heridas. Por eso se me hace tan importante lo que pase en Turbo como en Bahía Solano; y no podía limitar mi trabajo de gestión cultural a los límites político administrativos, sino llegar hasta Apartadó, Carepa, Vigía del fuerte o Chigorodó. Es tan importante mi trabajo como gestora cultural en Quibdó que en Turbo.
Una muestra de lo inseparables que somos es la crisis migratoria, aunque la frontera terrestre de Colombia y Panamá queda toda en el departamento del Chocó, el impacto de la presencia de miles de migrantes es tan fuerte en Acandí como en Turbo y Necoclí.
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