
La agitación y la inquietud se han apoderado de la política estadounidense. En el curso de un mes ocurrieron un intento de asesinato contra Donald J. Trump; la convención del Partido Republicano; la inédita renuncia de Biden a su aspiración y ahora el ascenso indiscutido y vertiginoso de la candidatura presidencial de la vicepresidente Kamala Harris. Esta peligrosa turbulencia tiene una explicación. La sociedad civil sabe bien que está en juego el futuro de la democracia. No hay que elaborar mucho para darse cuenta de que la magnitud de lo que está en juego por allá no es muy distinto a lo que está en juego por acá.
Trump fue el autor intelectual y gestor de la toma del Capitolio. Trump fue quien llenó la Corte Suprema de magistrados de ultraderecha que echaron para atrás fallos y legislación que defendían la igualdad y las libertades públicas. Trump ha dicho que será dictador “por un día” y usará al extremo el poder de la Casa Blanca. Trump ha hablado de “venganza” contra todos los “traidores” que le impidieron llegar al poder. Trump ha anunciado que usará la rama judicial para sus fines políticos. Trump ha afirmado que barrerá con los empleados públicos de carrera y llenará los cargos de seguidores y fanáticos.
En general lo que se espera de un gobierno Trump es un debilitamiento de las instituciones democráticas, un ascenso del populismo, una consolidación del caudillismo y como resultado de todo ello, un deterioro de las instituciones y de las libertades públicas. Es tal la amenaza que Trump representa para la democracia que el presidente Joe Biden ha preferido sacrificar sus aspiraciones. Biden con una gallardía inmensa y con un sentido patriótico excepcional reconoció que no tenía las condiciones personales para derrotar a Trump.
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