
Por una de esas extrañas casualidades de la vida, el día que falleció Felipe Ossa - el Librero Mayor- me encontré la curiosa palabra que titula este escrito. Significa “persona que siente una pasión extrema por la literatura”. Eso fue -y seguirá siendo en mi mente y en mi corazón- este hombre excepcional que le dedicó 60 años de su vida a impulsar la lectura.
Conocí a Felipe hace muchos años por cuenta de su principal cliente de la Librería Nacional, otro bibliófilo consumado -Bernardo Ramírez. Desde ese momento hasta hace tres semanas conversé con frecuencia con Felipe. Sus recomendaciones fueron siempre valiosas, varias de ellas sobre autores u obras que yo desconocía pero que se ajustaban muy bien a mis intereses y gustos. Eso es lo que en esencia, a mi juicio, debe hacer un buen librero.
Felipe era un hombre muy culto, un verdadero erudito. Pero lo que más me impresionaba de él era su sencillez y amabilidad. Lamentablemente a muchas personas que tienen vastos conocimientos, esa riqueza intelectual los vuelve arrogantes. A Felipe, le sucedió lo contrario -a mayor lectura, mejor comprensión y práctica de las virtudes más preciosas: la bondad, la generosidad de espíritu y la solidaridad.
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