
No hay duda de que Juan Fernando Cristo es una de las pocas personas que pueden hacer el milagro de organizar un diálogo que conduzca improbablemente a un acuerdo nacional. Pero no le va a quedar muy fácil hacerlo porque parte de una situación en la que una mayoría de los colombianos no está de acuerdo en cambiar la constitución y el presidente los culpa de ser “enemigos del pueblo”.
Si por acuerdo nacional se entiende que es un convenio o un entendimiento entre el Gobierno y una mayoría de los colombianos, se debe abrir una amplia discusión de las reformas que las partes consideran necesarias. Ya hay claridad de que no hay acuerdo sobre la reforma a la salud que ha tratado de imponer a la fuerza el Gobierno ni sobre la reforma laboral que ya presentó a consideración del congreso. Tampoco se conocen las otras iniciativas que se van a presentar y a discutir supuestamente. La insistencia del Gobierno en que las reformas que formen parte del acuerdo sean exactamente las que el Gobierno propone ha sido el obstáculo para que se aprueben; y si el ingreso de Cristo al Gobierno no es para introducir alguna flexibilidad y no para “aceitar” el paso de esas reformas por el Congreso sin modificaciones o discusión, hay que advertir que el presidente todavía no ha cambiado su libreto.
Si no cree que él y Cristo deben estar alineados, se va a perder la buena acogida que el nombramiento ha tenido y la ilusión que ha tratado de inducir el nuevo ministro de que en estos dos años que quedan se depongan los odios y se intente definir un futuro compartido. Probablemente vamos a seguir en las mismas; pero si hay diálogo es posible llegar a acuerdos, por lo menos parciales, si el presidente modera su agresividad.
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