Ir al contenido principal
Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Un pacto con la generación de cristal

Se ha vuelto común en las fiestas retro de mi generación hacer alarde de todas las cosas que hacíamos a finales de los setenta y en la década de los ochenta y que los jóvenes de hoy no hacen. Por ejemplo, recordamos que podíamos jugar toda una tarde partidos de fútbol en la calle y llegábamos sudando a la casa a abrir la nevera para tomarnos una bebida saborizada instantánea como Tang de naranja que contenía todos los colorantes y endulzantes artificiales. Nada hacía daño entonces. De igual forma comentamos que comíamos pan lleno de gluten y roscones rellenos de bocadillo en esas jornadas cuya niñez habíamos sobrevivido en aquellos parques de barrio donde uno se arrojaba por un rodadero de acero que generalmente lo cortaba a uno con alguna superficie levantada. Nada hacía daño y al parecer nos dotó de defensas. Los partidos de “banquitas” en la calle se interrumpían por el paso de los carros y pudimos sobrevivir después de eso al smog del humo que salía de ellos. Las peleas en la esquina o en los parques que muy bien han sido recreadas por la serie Los Billis o la novela Los Billis de Unicentro de Felipe Mercado como retratos de una generación o una época en Bogotá.

Sin embargo, todos esos recuerdos cargan un juicio a las recientes generaciones. Volvemos siempre al “Todo tiempo pasado fue mejor”. Aquel tiempo sin celulares ni aparatos electrónicos en los que nos tocaba fortalecer el carácter a punta de calle. Son sin duda tiempos distintos y por eso no comparto esos juicios a las recientes generaciones que se conocen en el nuevo argot sociológico como La generación de cristal. La mayoría de las veces que se acuña este término de manera peyorativa para caricaturizar de que se trata de una generación más frágil y que se rompe con mayor facilidad. Pero ¿acaso nosotros nos les heredamos un mundo mucho más fracturado del que recibimos? ¿Quizás llegamos tarde a la toma de decisiones en el momento que tocaba tomarlas o tomamos las decisiones equivocadas?

Soy un nostálgico de la cultura de mi generación y suelo organizar mis fiestas de cumpleaños con música de los ochenta y con temática de la época. Lo hago porque fui feliz en mi tiempo, en mi infancia y adolescencia y sigo amando las canciones, películas y programas de televisión que definieron mi educación sentimental. Bailo merengue y canto a todo pulmón los éxitos del rock en español y me emociono con las baladas de Yuri, Pandora, Juan Gabriel y Miguel Bosé. Llené un álbum del grupo Menudo tenía todos sus elepés y podría tener todos los afiches de las películas y comedias de la época porque fue mi tiempo y el tiempo en el que fui feliz con los amigos que forjé para siempre. En aquel momento escuchaba a mis padres hablar con nostalgia de los años sesenta y setenta y que esa sí era una verdadera estética y actitud. Y así sucesivamente como en Medianoche en París de Woody Allen donde nadie se siente conforme y cómodo en el tiempo en el que vive y tiene una añoranza del pasado.

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.

Suscribirme
Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales