
La compra de votos ha sido una de las lacras de la democracia colombiana. En las elecciones no es extraño oír a los gamonales locales andar por ahí pregonando que a cien mil por voto, con lechona y papayera incluida. Históricamente esa práctica es de las que más han afectado y distorsionado la expresión auténtica de la voluntad popular. La búsqueda de recursos para la compra de votos para esos propósitos también induce a la corrupción porque a quienes ponen la plata para esas operaciones criminales hay que compensarlos con contratos, puestos y prebendas.
La lucha contra esas modalidades de corrupción ha sido larga y han existido avances importantes. Luis Carlos Galán y Carlos Lleras Restrepo fueron pioneros en denunciar el gamonalismo, el clientelismo y la compra de votos. La legislación sobre financiamiento de campañas y contra la corrupción electoral ha avanzado.
Sin embargo lo que más ha servido para golpear la práctica de compra de votos es la modernización del país, los nuevos medios de comunicación social y la educación en general. El voto independiente ha crecido y sin duda es factor decisivo hoy en el resultado de las elecciones. El ascenso electoral de fuerzas no tradicionales en la política, como es el caso del Partido Verde y el Pacto Histórico, tiene mucho que ver con el resquebrajamiento de los patrones tradicionales de cooptación del voto popular.
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