A mí me produce una enorme tranquilidad saber que la percepción de inseguridad en Bogotá, la ciudad donde he vivido toda mi vida, está disminuyendo —desde hace tres años— de forma continua y sostenida, según una encuesta anual que hace la poderosa Cámara de Comercio de la ciudad.
Lástima que eso no sirva para nada. Mientras la sensación de inseguridad disminuye, la inseguridad va en aumento. Es decir, se podría concluir que —según las cifras— nos sentimos más seguros mientras nos asaltan más seguido. ¡Qué tranquilidad!
Lo digo por la avalancha informativa sobre robos en la capital, por los relatos de asaltos de carros en las calles, por los atracos en las estaciones de gasolina, por los permanentes cosquilleos en los buses, por los llamados ataques piraña, por los videos —tan virales como violentos— de justicia por propia mano contra malhechores, raponeros y asaltantes de mínima cuantía, con comentarios aún más violentos que las propias imágenes, donde los tuiteros cuentan —felices— cómo le aplicaron al hampón que logran atrapar in fraganti lo que denominan una “recalibración cognitiva”. Es un eufemismo bastante cruel para referirse a las brutales golpizas que reciben los delincuentes.
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