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Juan David Correa
Puntos de vista

Nuestro gran consuelo

Esa mañana levantó a sus dos hijos como todos los días de febrero a junio y de julio a noviembre. Eran los dos últimos días de colegio del mayor, que iba a una institución de católicos norteamericanos en lo que entonces parecían los confines de la ciudad. Al menor debía dejarlo en el jardín infantil, donde pasaba la mayor parte del día. 

Después de despedirse del uno y del otro, de respirar y ver cómo su nueva pareja desde hacía tres años se fumaba un cigarrillo mientras leía el periódico El Tiempo, se metió a la ducha, alistó la cartera, se vistió con un sastre y salió a la calle a tomar un taxi que la llevó a su oficina, ubicada en el cuarto piso del pequeño edificio donde aún queda la Superintendencia de Notariado y Registro. Saludó a sus compañeros. El sol entraba por las ventanas de manera oblicua, casi deficiente por el cajón de sombra que producía la torre del Departamento Nacional de Planeación. 

Ese día no hubo ningún signo especial en su vida. No supo, por ejemplo, que su padre había ido al café Ancla a jugar parqués y que tras una hora larga de haber iniciado decidió regresar a su casa del barrio El Dólar, porque al Renault 18 blanco y reluciente la ceniza que caía a manotadas “le iba a dañar la pintura”, como le dijo a un amigo. Tampoco habló con su madre, como acostumbraba a hacerlo todas las semanas. 

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