
Hasta el viernes no habían podido salir los libros de Quibdó para Turbo, estábamos en paro armado. Los invitados empezaron a escribirnos en la medida que veían las noticias. Nos preguntaban si cancelaríamos el evento, si estarían seguros asistiendo a un evento en Istmina. Los amigos quieren saber cómo nos sentimos y, aunque con disimulo, nos insinúan tener cuidado o echarnos para atrás. Tratan de indagar por el miedo. Nosotros, que llevamos ocho años trabajando en gestión cultural en esta tierra que no conoce aún un período totalmente pacífico, terminamos tranquilizando al resto: les decimos que ya aprendimos a no correr riesgos innecesarios, que sabemos seguir la vida sin retar a nadie. "Sobrevivimos”, fue lo que dijo mi amiga Amparo, cuyo hogar está en la boca del lobo, en una comunidad del medio San Juan, cuando le escribí luego de los más recientes enfrentamientos y oleadas de desplazamientos hace un par de semanas.
Cuando decidimos seguir adelante con las iniciativas artísticas y culturales, con los procesos étnico territoriales, con proyectos de desarrollo, por contradictorio que parezca, estamos intentando sobrevivir con dignidad.
Bien podríamos llenarnos de miedo, paralizarnos. A fin de cuentas, es lo que buscan los actores armados, pero nosotros, acostumbrados a resistir, nos empeñamos en construir y mantener las vías para acceder, aunque sea en una pequeña medida, al ejercicio de unos cuántos derechos.
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