
He estado dando vueltas por ahí, por algunas esquinas de este país, descubriendo algunos increíbles rincones y regresando a otros igual de mágicos que —en otros tiempos también difíciles— caminé con libreta y esfero en mano, hace ya varios lustros. Pero, esta vez, casi no tomé apuntes y ya les diré el porqué.
He vuelto a ver atardeceres maravillosos, ríos dominantes, gente bonita, muy bonita, aunque —eso sí— la misma pobreza de siempre, el mismo pueblo de casuchas con pisos de tierra, andenes estrechos, mobiliarios abandonados y calles sucias por donde transitan enjambres de motos y los parroquianos de siempre, ahora absortos en sus celulares, tratando de escapar del sopor que se apodera del ambiente y del olvido que sigue siendo patente en cada uno de estos pedazos de Colombia que apenas le importan a los bandidos del lugar.
Obvio, es su negocio particular.
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