Al anochecer del 20 de junio de 2022 apareció tanta gente en la urbanización El Caney, de Cali, que ella supo que el poder —o un remedo de él— había entrado a su espacio doméstico: el apartamento, que había comprado con el dinero del premio Goldman, en 2018, parecía un hervidero de gente, automóviles, cuerpos de seguridad del Estado, perros antinarcóticos, políticos de ocasión, familiares y amigos que querían acercarse a la recién electa vicepresidenta de Colombia, Francia Márquez Mina.
Si el pasado colonial “relampaguea en un momento de peligro (racista)”, según Walter Benjamin, la hoy vicepresidenta lleva dos años y medio en presencia de la actualización permanente de ese tiempo que pervive entre nosotros. La racialización y la exclusión a las que ha sido sometida por la hegemonía que ha gobernado al país doscientos años no han cesado en medio de ataques personales, profesionales y políticos a una lideresa que debería ser protegida y rodeada, pues los liderazgos sociales y sus movimientos están llamados, más allá de los partidos políticos, a ser protagonistas de la construcción de una sociedad más igualitaria en términos socioeconómicos, educativos, culturales y epistémicos.
Lapidada en cadenas de WhatsApp ahítas de procacidades racistas y clasistas, una verdadera clase dirigente democrática debería haber entendido que las culturas y los saberes que encarna Francia Márquez son definitivos y esenciales para el futuro de un país que reconozca tanto su herencia europea, como aquellos otras formas de conocimiento presentes en los pueblos afros, raizales, palenqueros, rom, indígenas, mujeres y LGBTIQ+. Solo así comenzaremos a transitar de ser una república fragmentada a una que considere que la mayor de nuestras virtudes es la diversidad biocultural.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios















