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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Mientras los planetas esperan

El pasado 28 de febrero tuvo lugar uno de los fenómenos astronómicos de nuestro tiempo: la alineación de Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Neptuno y Urano y su completa visibilidad desde la Tierra. Fue como una coreografía del cosmos y un espectáculo celeste de esos que suele asombrarnos con alguna frecuencia. Todos aquellos sucesos nos devuelven algo de la belleza del universo y sirven de recordatorio de nuestra insignificancia.

Siempre me llamó la atención la astronomía y a pesar de mis pocas habilidades para comprender fenómenos físicos y entender la precisión de las matemáticas y la geometría siempre hubo algo poético en querer indagar y hacerme preguntas sobre los misterios del universo. Los anuncios de eclipses, los pasos de cometas perdidos por nuestra órbita y la certeza de cada noticia que llega desde ese infinito nos dan alguna respuesta sobre nuestro origen y nuestra existencia me hizo siempre imaginar que la astronomía siendo una ciencia es una evidencia de los mitos y por ende de la poesía de siempre. Sobre nosotros siempre hay respuestas y desde las luces que nos llegan de estrellas que murieron hace millones de años hay un eco de aquel Big Bang primigenio donde todo comenzó. Carl Sagan logró escribir una hermosa reflexión desde la poesía sobre aquella foto tomada por la sonda Voyager I, el 14 de febrero de 1990, a una distancia de 6.000 millones de kilómetros. Ese pálido punto azul que es nuestra casa y el único lugar hasta ahora comprobado donde se ha desarrollado la prodigiosa aventura de la vida. Allí, en esa mota suspendida y atravesada por un rayo de sol en donde vivimos y donde intentamos hacer acuerdos para vivir en sociedad: “La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en su gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo... es desafiada por este punto de luz pálida”. Regreso con frecuencia a esta premisa de Sagan para recordar que las ambiciones y las codicias humanas nos seguirán llevando irremediablemente hasta el fin.

En tan solo un cuarto de lo que va de este siglo XXI somos testigos del nacimiento de unas nuevas formas del orden mundial. Mientras observamos el orden del universo alineado frente a nuestros ojos, acá abajo el caos se expande de mil formas y el mundo sigue a la deriva a merced del capricho de sus líderes. La semana pasada vimos por televisión en vivo y en directo el fin de las maneras diplomáticas, los modales de los que hablaban las abuelas. Vimos gritar y manotear a un presidente y un vicepresidente para atacar a otro presidente a pocos centímetros de distancia.

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