
El inglés fue declarado la lengua oficial del Estados Unidos. Ha habido tantos cambios radicales en los últimos dos meses, que esta noticia pasó desapercibida, casi como un secreto, o como algo irrelevante. ¿Qué importa ―se preguntarán muchos― si ya todos hablan inglés allá? ¿Qué importa si al fin y al cabo el inglés es el idioma mundial?
Importa y mucho. La diversidad cultural pasa por el lenguaje, y buena parte de la riqueza de una lengua viene de su interacción con otras. Los estadounidenses, la mayoría de los cuales no conoce otro idioma, estarán ahora condenados al peligro de atenerse a una sola forma de ver el mundo, y peor, una sola forma de narrarlo.
Esto afecta no solo a los inmigrantes, sino a toda la población, que va a tener menos contacto con todo lo foráneo, incluida la música, que puede ser la forma más eficaz de aprender otro idioma y de sumergirse en una forma diversa de concebir el mundo. Los diferentes ritmos y las diversas letras no solo nos hablan de una cultura, sino de su historia y de su realidad.
Hubo un tiempo, no hace tanto, en el que no existía la palabra globalización y no era por un decreto sino por una imposibilidad física que las culturas interactuaban poco entre sí. El mundo, y Estados Unidos como parte de él, estaba sediento de conocer cosas nuevas, pero no era fácil. No había redes sociales, no existía la inmediatez de la información, y los discos se vendían en acetatos y se demoraban mucho para llegar a cualquier parte. Hasta los años setenta, casi los únicos que habían penetrado el codiciado mercado estadounidense de la música eran los grupos de rock ingleses.
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