
La educación es una poderosa herramienta, o bien para trascender el horizonte ético y político de la sociedad, o bien para mantener su estatus quo. Hablar de educación es hablar de poder. Por esta razón, no sorprende que las transformaciones impulsadas por el Gobierno del Cambio en los últimos tres años en materia de educación hayan producido escozor sobre ciertos sectores que durante décadas se han beneficiado de un sistema profundamente desigual y excluyente, siempre al servicio de los intereses de pocos. Sin embargo, a pesar de las críticas surgidas en el debate público los resultados son impulsados por un inquebrantable compromiso con el país y respaldados por una evidencia sólida y transparente.
El amor está en el presupuesto. Durante los tres primeros años de este Gobierno (2023-2025) el presupuesto en educación ha aumentado, en términos reales, en un 13,4% frente al asignado por el gobierno pasado durante sus primeros tres años. En este sentido, alegar que un crecimiento equivalente a 25,7 billones dentro de los primeros tres años de gobierno (en promedio, 8,6 billones anuales) constituye una desfinanciación, no es una opinión es una mentira. Mentir también es un acto político.

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