
Vi —o, para decir toda la verdad, sufrí— la película Pecadores, del director afroamericano Ryan Coogler. La vi después de que ganara varios Oscar, intentando entender por qué no le habían otorgado el premio a mejor actor a Timothée Chalamet por Marty Supreme.
Me encontré con una historia de vampiros.
Este género me resulta insoportablemente adolescente. Son cintas predecibles. No emocionan ni sorprenden. Son pretenciosas e innecesariamente largas. No saben hacia dónde se dirigen y hablan más de lo que dicen.
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