
Veo mucho temor en sectores del establecimiento. Temen que la Constituyente de Petro sea un atajo hacia la reelección, o que un eventual gobierno de Iván Cepeda termine poniendo en cuestión negocios y capitales; incluso la estabilidad institucional del país. Esos me parecen temores infundados que esconden un miedo más profundo: que un segundo gobierno de izquierda logre consolidar una agenda de cambios que se vuelva irreversible.
Dicho de otra manera, que Colombia consiga cerrar algunas de las grietas estructurales que la han convertido en campeona de la desigualdad y la violencia. Y que, en ese camino, ellos pierdan una parte de sus privilegios.
Cuatro años son poco para transformar un país como Colombia. Ocho, en cambio, permiten medir si un proyecto político logra alterar realmente las estructuras del poder. No hablo de reelección. Los colombianos ya probamos ese experimento y el sabor que nos dejó fue rancio y desagradable. Desde entonces desconfiamos de cualquier presidente que quiera quedarse en el poder, venga de donde venga. Hablo de los tiempos que toman los procesos de cambio.
Álvaro Uribe reformó la Constitución para reelegirse porque cuatro años no le alcanzaban para derrotar militarmente a las FARC. En parte tenía razón. Al terminar su primer mandato apenas comenzaban a consolidarse los pilares de su política de seguridad. El estatuto antiterrorista había fracasado, su referendo se hundió en las urnas y la desmovilización paramilitar seguía siendo una nebulosa llena de pactos opacos y verdades aplazadas. Necesitó un segundo mandato para producir un punto de inflexión en la guerra: debilitar a las FARC hasta llevarlas a una derrota política y militar.
¿Cómo habría pasado a la historia Uribe sin esos ocho años? Quizás como alguien con grandes ambiciones, pero sin triunfos definitivos, con las estrategias iniciales todavía sin corregir.
Juan Manuel Santos, por su parte, tuvo el buen tino de cerrar la puerta de la reelección, claro está, después de pasar por ella. En sus primeros cuatro años cambió la agenda de guerra por una de paz. Pero al finalizar ese primer período apenas se había firmado el primer punto del acuerdo con las FARC y sus famosas locomotoras seguían sin arrancar. Fue el segundo mandato el que le permitió firmar un acuerdo de paz robusto, que lo convirtió en Nobel. Sin esos cuatro años adicionales, habría pasado a la historia como Pastrana: uno más que lo intentó y no pudo.
La conclusión no es que la reelección sea buena, sino que las transformaciones estructurales requieren más tiempo del que permite un solo período presidencial. Requieren continuidad. Porque Colombia no es una democracia consolidada administrando recursos en abundancia. Es una sociedad fracturada, desigual y violenta, atrapada en un pasado traumático, incapaz todavía de encontrar una vocación productiva y una paz duradera que permita un desarrollo sostenible. Un país sin un acuerdo sobre lo fundamental.
Muchos de estos sectores ya habían aceptado a Petro como un paréntesis, una anomalía, una especie de castigo merecido por su propia ceguera frente a las desigualdades del país. Pero están convencidos de que la izquierda fracasó. Construyeron una narrativa del desastre: la hecatombe económica, el colapso de la seguridad, la corrupción desbordada, el desgobierno. Entonces miran con auténtico terror la posibilidad de un segundo gobierno de izquierda.
No es una animadversión personal. No es que crean que Cepeda es más radical que Petro o peor persona. Es que entienden que los cambios requieren tiempo; el mismo que ellos le dieron a Uribe, y el que aceptaron que se tomara Santos. Saben que otros cuatro años serían exactamente lo que la izquierda necesita para consolidar su proyecto. Por eso anhelan una pausa. La pausa.
Nuestro establecimiento tiene memoria. Recuerdan cómo desmontaron la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo hace casi un siglo. Se llamó la pausa. No necesitaron acabar con todas las reformas: bastó con introducir unos incisos que las volvían inertes y enfriar el ánimo de las bases. Eduardo Santos no desmontó el proyecto liberal; bastó con que les quitara el impulso y el fervor popular.
Algo similar pasó con la reforma agraria durante del Frente Nacional, impulsada por gobiernos liberales y en pausa durante los conservadores. Y de nuevo ocurrió con la paz de Santos: Duque no la desmontó, solo dejó en pausa la implementación. Porque parte de nuestra idiosincrasia es que cada gobierno ignora al anterior.
Los cambios que intenta consolidar la izquierda no son menores: desmontar el militarismo como eje de la acción estatal y privilegiar salidas políticas y judiciales para la violencia. Redistribuir recursos hacia regiones históricamente saqueadas. Convertir al Estado en árbitro del mercado y no en su esclavo. Asumir la desigualdad como un problema estructural y no como daño colateral del desarrollo. En el plano cultural, cuestionar viejas violencias naturalizadas: el racismo, el clasismo y el patriarcado.
Petro parece haber entendido algo de esta historia. Quiere evitar la pausa de sus reformas con la candidatura de Cepeda, si gana; o con la Constituyente, si pierde. En ambos casos, apuesta por mantener vivo el reclamo popular, no dejar que el fuego se apague entre su gobierno y el siguiente.
La historia de las reformas en nuestro país está plagada de pausas. De proyectos que llegaron hasta cierto punto y se detuvieron. De reformas que se enfriaron antes de cuajar. De falta de continuidad. Habrá que ver si la izquierda logra estar ocho años en el gobierno para mostrar realmente el talante de su proyecto de cambio. Esa sería su prueba ácida.
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