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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

Una conversación imposible con Vargas Lleras

La muerte tiene una extraña capacidad: nos obligaa releer, a redescubrir a los personajes públicos; a despojarlos del ruido cotidiano; a sacarlos del detalle de la última controversia y de la caricatura fácil, para intentar entender qué queda realmente de ellos cuando el tiempo se detiene.

Con Germán Vargas Lleras, ese ejercicio resulta particularmente revelador. Durante décadas fue una de las figuras más influyentes, discutidas y contundentes de la política colombiana: un hombre de poder en el sentido más clásico del término. Formado en la disciplina del Estado, obsesionado con la ejecución, poco dado a la complacencia y absolutamente incapaz de la tibieza.

Quienes lo admiraban veían en él rigor, capacidad y carácter. Quienes lo criticaban encontraban exactamente los mismos rasgos, traducidos en dureza, arrogancia o distancia. No pocos lo señalaron como el más visible representante de la política tradicional, con todo lo que eso implica. Pero por encima de cualquier juicio, Vargas Lleras dejó algo invaluable para este momento: una voz propia. Inconfundible. Directa. Filosa. Muchas veces demoledora. Y sobretodo con una asombrosa capacidad premonitoria. 

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