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Álvaro García Jiménez
Puntos de vista

El empalme Petro—Abelardo: “ahí tienen su (hijuepu…) casa (pintada)”

Hay finales de película icónicos. Escenas que explican a fondo sentimientos, estados de ánimo o momentos determinantes de la historia, y logran hacerlo mucho mejor que un ensayo académico o un discurso político. Una de esas escenas magistrales ocurre en La estrategia del caracol, la película de 1993 dirigida por Sergio Cabrera (hoy embajador de Petro en China). Es la historia fascinante de una pensión bogotana y las penurias de quienes la habitaban.

La historia es exquisita: durante semanas, los inquilinos desmontan la casa sin que nadie lo advierta. En el día no se nota nada extraño, pero en las noches, en las sombras, sucede algo increíble. Primero desaparecen las puertas. Después las ventanas. Más tarde las tuberías, las escaleras, los techos y las paredes interiores. Desde la calle, la casa sigue pareciendo la misma. Se conserva la fachada de siempre. Conserva la ilusión de seguir en pie.

Finalmente llegan el juez, la Policía y el propietario para tomar posesión del inmueble. Solamente deberían haberla entregado con la pintura en buen estado. De repente hay una explosión, cae un muro y descubren que detrás de esa apariencia ya no queda nada. No hay casa. Se habían llevado todo. Entonces se puede leer en un muro al fondo la que quizás es la frase más memorable del cine colombiano:

“Ahí tienen su hijueputa casa pintada”.

La genialidad de esa escena no está en la grosería, ni mucho menos. La fuerza está en la metáfora y en la paradoja. Nadie vio cómo desmontaban la casa, ni se dieron cuenta de que, mientras todos observaban la fachada, los inquilinos iban retirando lentamente las piezas que la mantenían de pie.

Por eso, mientras leía el mensaje de X con el que Gustavo Petro se despide de la Presidencia —hablando confusamente de lo que él visualiza como su legado— no pude evitar recordar aquella escena. Después de afirmar que espera entregar una Colombia “con más vida y bienestar”, concluyó su mensaje con una frase de apenas cuatro palabras:

“Ahí tienen su casa”.

A Petro solo le faltó agregar el insulto y el sarcasmo sobre la pintura para repetir la frase que vimos en el cine. Ignoro si fue un guiño deliberado a la película o una simple coincidencia (me inclino por lo primero). Al fin y al cabo está hablando de su próxima partida, de que pronto dejará esa casa y de su legado, es decir, del estado en que dejará ese lugar. Lo cierto es que la analogía con el final de la película resulta inevitable.

Porque lo que pasa en la película —la entrega de una casa habitada por un tiempo a otras personas— correspondería en la vida política de un país, a un empalme. Y un empalme entre gobiernos consiste en abrir la puerta de la casa y recorrerla habitación por habitación para descubrir qué hay realmente detrás de la fachada y en qué estado se encuentra todo.

Y esa será precisamente la responsabilidad del equipo que encabezará el vicepresidente José Manuel Restrepo. Su tarea no será simplemente recibir informes ministeriales. Tendrá que verificar el estado real de la casa que recibe el nuevo gobierno. La caja fiscal, seguridad, inteligencia estratégica, las Fuerzas Militares, la seguridad del país, el sistema de salud, la infraestructura, la política energética, la confianza institucional, las relaciones con los grupos armados de delincuentes y la política exterior. Esas serían algunas de las habitaciones de la casa que el nuevo gobierno empieza a abrir esta semana.

Y solo cuando cada una de las habitaciones sea examinada con cuidado y con testigos, será posible saber si Colombia recibe un Estado fortalecido o si, durante cuatro años, fueron desapareciendo poco a poco capacidades y estructuras esenciales sin que la mayoría de los colombianos alcanzara a advertirlo. Es decir, saber con certeza si se llevaron las entrañas de la casa mientras todos dormían, como en la película.

Todos los gobiernos siempre entregan su propio balance de gestión. Es natural. Todos creen dejar un país mejor del que encontraron. Pero este empalme en particular debe tener una virtud que ningún discurso puede lograr: obliga a apagar los reflectores, a dejar de mirar solamente la fachada y a entrar, por fin, a la casa.

Será allí, cuando —por encargo del presidente Abelardo de la Espriella— José Manuel Restrepo y su equipo recorran cada habitación y los colombianos empiecen a descubrir si la críptica despedida presidencial hacía referencia una casa sólida, lista para recibir nuevos habitantes, o si terminó evocando —intencionalmente o no— a la inolvidable escena de La estrategia del caracol: una fachada que seguía en pie después de que, poco a poco, se habían llevado hasta los cimientos.

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