Ir al contenido principal
Juan David Correa
Puntos de vista

El enemigo interno somos todos

En cuatro días, nuestro país librará una contienda electoral en la que está en juego la vida humana. El proyecto ganador de la primera vuelta ha utilizado una serie de peligrosas falacias viralizadas con herramientas de Inteligencia Artificial que amenazan a toda la sociedad. Han construido un relato ‘aceleracionista’ para convertir a Aida Quilcué y a Iván Cepeda, y a quienes nos declaramos progresistas, en seres réprobos que representamos el comunismo, equivalente para millones de colombianos al mal, debido a que nos relacionan con las luchas armadas insurgentes de guerrillas como las FARC que causaron daño y dolor a millones de ellos. 

    Lo cierto es que, más allá de la evidente falacia, y de la poca racionalidad histórica que muchos nos hemos empeñado en explicar, y que es injustificada por lo vivido en estos cuatro años, en los cuales gobernó la izquierda sin atentar contra sus derechos, libertades y formas de vida, la mentalidad de millones está siendo invadida por sinrazones emocionales para activar el odio. 

    En días pasados, en una emisión de El Reporte Coronell, una ciudadana argüía que iba a votar por De la Espriella, y su vicepresidente ultracatólico —que no católico genuino al servicio de los más débiles— José Manuel Restrepo, porque Cepeda era hijo de “un señor que había sido guerrillero”. Y que era antiético considerar que alguien así pudiera llegar a la Presidencia. Coronell le expuso a su oyente las razones por las cuales, además de ser falso lo que decía, quien representaba con profundidad la gran amoralidad de la sociedad era el candidato que ha prometido desatar una masacre en Colombia contra quienes nos inscribimos en el progresismo, o abrazamos causas sociales y culturales. 

    Más de 2.000 incidentes de la violencia se desataron en Irlanda del Norte en los últimos 12 meses. Ardieron hogares en Belfast. Grupos recorrieron barrios tocando a las puertas como en los tiempos de Adolf Hitler en Alemania, para comprobar si en ellos había inmigrantes. Las imágenes de automóviles ardiendo, paramilitares patrullando las calles, se hicieron virales. El 8 de junio, un hombre de treinta años agredió a otro de cuarenta con un cuchillo de cocina, de manera brutal y aleve. Los vecinos intervinieron. El atacante fue capturado. La víctima sobrevivió. Cuando se reveló que el atacante era un ciudadano sudanés, que estaba pidiendo asilo, la ira en contra de los inmigrantes fue utilizada por grupos fascistas para azuzar a los ciudadanos a tomar venganza. El video del ataque se hizo viral: Elon Musk lo compartió en su red. La gente comenzó a salir a la calle a tomar justicia por su propia mano: los enemigos eran todos los inmigrantes, el enemigo perfecto cuando una sociedad está en crisis. Los disturbios se hicieron más y más grandes. Belfast y otras ciudades se sumaron a la venganza. 

En Belfast, uno de los epicentros de los enfrentamientos, la división histórica entre católicos y protestantes está viva: hay fuerzas paramilitares organizadas y hasta muros que dividen sectores, llamados Peace Walls. Esta ciudad es fundamental para entender el Acuerdo del Viernes Santo, de 1998, cuando el Ejército Irlandés Revolucionario (IRA) se desmovilizó y firmó un acuerdo de paz. Esa firma puso fin a cierto nivel de violencia, pero no desactivó la memoria histórica de dos partes de la sociedad: los independentistas y los realistas. Las imágenes que se difundieron a través de las redes sociales volvieron a activar, en la memoria de la gente, aquella infausta época de atentados y limpieza social.

    Eso, precisamente, es lo que aviva en la campaña de De la Espriella, usando no solo discursos, redes sociales y medios de comunicación, sino Inteligencia Artificial. La propuesta es abrir la herida: insistir en que todos debemos pagar como sociedad por el acuerdo de paz de hace diez años, para criminalizar a una parte de la sociedad. Lo dijo en uno de sus videos: “El tartufo de Juan Manuel Santos tendrá que pagar hasta las últimas consecuencias”. Y desde hace unos meses, no se ha detenido en amenazar a la izquierda, y al progresismo usando incluso voces como las de Felipe Zuleta Lleras, para llamarnos zurdos que merecemos la muerte “a sangre y fuego”, como lo decía su mentor, Laureano Gómez. Además, por supuesto, de crear cientos de videos manipulados, con la herramienta de la IA para difundir falsos testimonios de Iván Cepeda.

    La memoria de la violencia en Colombia está viva. Quien vote por Abelardo de la Espriella debe saber que está votando por un proyecto que se propone el asesinato del antagonista político como programa. Para ello bastará con pequeños grupos organizados produciendo violencia física y verbal en la calle, e imágenes delirantes en las redes sociales como ya ha empezado a ocurrir en ciudades como Bucaramanga, donde grupos de estudiantes y artistas han sido amenazados; entre vecinos, como me lo contó un amigo a quien, el día de las elecciones, un grupo de copropietarios le timbró en la puerta, pues se había manifestado públicamente por Cepeda, y lo amenazaron con “fierros” hasta hacerlo abandonar su apartamento; como de personas del común que han hecho de esta campaña un motivo para movilizarse políticamente por la democracia y que han sido agredidos verbal y físicamente. 

A mí ya ha comenzado a ocurrirme: un vecino, a quien me he cruzado un par de ocasiones en mi barrio, no se ha ahorrado en hacerme gestos vulgares por “progresista”. El último de ellos ocurrió el pasado domingo cuando caminaba con mi hijo de nueve años y un amiguito suyo. Íbamos a desayunar y lo vi a la distancia. Lo miré al cruzarnos y se metió el dedo a la boca delante de nosotros tres, haciendo el gesto de vomitarse: “Qué asco, progresistas”, dijo. Mi hijo me miró. Me di la vuelta y lo conminé al respeto, pues había un par de niños junto a mí. El hombre se dio la vuelta y me dijo: “Puedo hacer lo que quiera, aquí hay libertad de expresión. Pero tranquilo, que por ustedes ya viene la semana entrante la dictadura”. 

    Quien vote por Abelardo de la Espriella debe entender que se trata de alguien que considera que millones de personas no debemos existir y para ello ha autorizado con mensajes falaces a millones a agredirnos en las calles o en las redes, como se hizo en los tiempos de la Alemania nazi. Pero no solo eso, su proyecto, hoy defendido por liberales que apelan a la seguridad institucional que Iván Cepeda ha defendido como senador, amenaza nuestra privacidad y datos como colombianos: nuestras redes sociales serán el expediente sobre el cual construirán su fantasía de que debemos ser exterminados por pensar como pensamos; nuestra información pública como ciudadanos se entregará a empresas como Palantir para perder nuestra soberanía de datos bajo la idea de que no somos ciudadanos sino empleados, pues el Estado debe ser reducido a su mínima expresión para que las corporaciones nos gerencien como sociedad y 700.000 funcionarios públicos queden en la calle; ninguno de nuestros derechos y libertades debe darse por conseguido, pues los matrimonios de las personas del mismo sexo, las luchas feministas o la interrupción del embarazo deben proscribirse; las luchas sociales serán condenadas y consideradas patrimonio de guerrilleros, pues el salario mínimo vital, el impuesto a los alimentos altos en edulcorantes que actúan contra nuestra salud y la de los millones de niñas y niños colombianos, son falacias sin sustento científico; y que nuestra sociedad solo es legítima entre quienes ostentan poder económico: hombres, católicos y blancomestizos. 

    El proyecto de De la Espriella no está contra la pobreza, está en contra de las personas en condición de pobreza. Quien esté incluido en estas condiciones debe entender que la amenaza pesa sobre sí mismo, así haya considerado entregar su voto, por la razón que sea. No estamos ante un proyecto político, sino ante un mito fundacional que pretende regresarnos al tiempo en el que las mujeres, las infancias, los excluidos, la izquierda, la tercera edad, los afrocolombianos, los indígenas, las personas LGBTIQ+ y los pobres deben ser exterminados como lo ha hecho su mentor en Gaza con el pueblo palestino. Y después de eso, cuando ya no queden sino los mismos, el enemigo interno serán ellos mismos.

    Ante esta posible realidad, muchas y muchos de nosotros insistimos en que no tenemos miedo, en que hemos alcanzado una madurez política que nos permite mirarlos a los ojos para denunciarlos y decirles que tienen una fuerza pacífica, organizada, digna, que cree en la Constitución, en el Estado colombiano, en sus instituciones y en sus culturas para enfrentarlos así desencadenen, como lo harán, una masacre de proporciones inimaginables. Eso es lo que legitimarán millones al votar por Abelardo de la Espriella, apelando a viejos odios para considerarnos ilegítimos. Ese será el precio que tendremos que pagar si este programa de aniquilación llega al Gobierno. 

    Del otro lado, sí, como queremos millones, triunfa la vida, con Iván Cepeda como presidente de la República; puedo garantizarles a aquellos que hoy se sienten autorizados a aplastarnos que contarán no solo con todos sus derechos, sino que jamás promoveremos su exterminio. Y donde allí se promueva, seremos miles quienes estaremos listos a denunciar, y acompañarlos, y a ponernos de su lado: para nosotros la vida es innegociable. Iván Cepeda es nuestra esperanza.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales