Ir al contenido principal
Adriana Arjona
Puntos de vista

El triunfo de Juanpis

La primera vez que vi a Juanpis González, el personaje creado por el humorista y genio Alejandro Riaño, fue cuando parodió un video de Abelardo de la Espriella, hoy presidente electo de Colombia, durante su temporada de experto en vinos y maridajes. En la pieza original, De la Espriella recomendaba una de sus bebidas predilectas y sugería con qué acompañarla, al tiempo que caminaba junto a una mesa kilométrica sobre la cual había cantidades ingentes de delicias culinarias. La puesta en escena estaba claramente marcada por un estilo de vida aspiracional, pero que solo el 1 por ciento de los colombianos puede permitirse: el hoy presidente lucía uno de sus diseños, que después lanzaría como su propia marca de ropa, De la Espriella Style, contra un fondo soñado de atardecer en el mar. En la parodia, Juanpis hacía exactamente lo mismo: se regodeaba de lujo y excesos, con su pinta de hijo de papi, saquito en los hombros, gafas oscuras y esas ínfulas de superioridad y suficiencia que caracterizan a una porción fácilmente identificable de la alta sociedad nacional.

Conocimos al personaje de Juanpis como un cachaco, apelativo usado para referirse a los bogotanos de pura cepa y verdaderamente insoportables, de esos que ante un problema dicen de manera amenazante: “usted no sabe quién soy yo”. Juanpis creció rodeado de comodidades, carros, viajes y clubes; habla en spanglish porque el castellano no le alcanza; mira por encima del hombro a sus empleados; madruga a las 11:30 de la mañana; y su trabajo es pensar qué ponerse y ver a qué mujer se levanta para ir a la rumba de esa noche a tomarse sus “whiscachos”. Juanpis es neoliberal y meritocrático, es decir, está convencido hasta el tuétano de que el pobre es pobre porque quiere, y “go, go, go” fue el mantra que instauró y con el que conquistó a una gran audiencia que comprendió la invitación a reflexionar sobre la inequidad de nuestro país desde un personaje absolutamente abominable por su clasismo, racismo, machismo, corrupción y misoginia.

En 2018, Juanpis entrevistó en su programa El boletín del gomelo a Abelardo de la Espriella. Allí, el hoy presidente electo habló de todo un poco: dijo que el comunismo es una plaga, que no tenía aspiraciones políticas, que sus amigos cachacos de la universidad se perdían a la hora de pagar la cuenta y que no le gustaba el golf porque lo suyo son las cosas de príncipes, como la cacería o la pesca. Aseguró que lo importante no es participar sino ganar, alardeó de su ropa y aseguró que el día en que a la “mamertería colombiana” le guste su manera de vestir se iría del país. Más aún si le tocara vestirse como mamerto, refiriéndose específicamente a Iván Cepeda, lo que nos deja claro que desde 2018 le tenía puesto el ojo a la camisa de cuello tipo Mao. En aquella entrevista, De la Espriella cantó O sole mío; definió a Álvaro Uribe como “el patriota más grande que ha parido Colombia”, con lo que se puede inferir que ser patriota es no asumir como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas el asesinato sistemático de 7.837 jóvenes humildes para presentarlos como guerrilleros dados de baja en combate, cifra que sigue creciendo según la JEP. ¿Será por eso que De la Espriella propone ahora cerrarla? En fin, volviendo a El boletín del gomelo, el presidente electo proyectaba a Duque como un buen presidente, tal vez lo más gracioso de toda la entrevista; despotricó de Santos, quizá por firmar la paz que Uribe y Pastrana no pudieron; y cerró hablando del ajiaco como “un potaje carcelario”, porque a él le gustan otras cosas por ser un costeño del Mediterráneo: lo suyo es el branzino y la pasta. Una de las personas que comenta la entrevista en cuestión se pregunta: “¿Alguien me puede decir cuál de los dos es el personaje?”.

Como lo dice Alejandro Riaño, creador de Juanpis González, este gomelo es todo lo que no está bien en la clase alta colombiana. Pero como el poder y el dinero que el filipichín tiene nunca es suficiente, un día Juanpis tuvo la gran idea de lanzar su candidatura a la Presidencia de la República. De ahí nació Juanpis González: la serie, disponible en Netflix, en la que debutó el mismísimo Abelardo de la Espriella interpretándose a sí mismo, pero esta vez no como el abogado defensor de paramilitares, narcos, pastores violadores o estafadores que alguna vez fue. Tampoco como experto en licores y maridajes, ni como diseñador de ropa y mucho menos como cantante. En la serie encarnó a un estratega en comunicación política.

Y todo parece indicar que algo aprendió del rol interpretado porque su campaña a la Presidencia tuvo todos los ingredientes necesarios para triunfar: llamó a su partido Defensores de la Patria, con lo cual estableció desde un inicio a un enemigo para vencer, y se autodenominó “El Tigre”, usando un lenguaje asociado al felino: destripar, rugir, morder y ser el líder de la manada. Esto es bien extraño, casi contra natura, porque los tigres se caracterizan por vivir y cazar solos.

A pesar de la naturaleza solitaria y egoísta del felino, la manada le “puso la raya al tigre” el día de la votación de segunda vuelta y ganó, tal y como sucedió con Milei, el ‘León de Argentina’. El actual presidente del país austral viene también de ser un showman como Abelardo de la Espriella. Antes de lanzar su candidatura en un país cansado del peronismo, Milei tenía un programa de radio llamado Demoliendo mitos, en el que hablaba sobre economía, política, historia argentina y promoción del anarcocapitalismo. También participó activamente como panelista y colaborador en programas de televisión como Animales sueltos, en Intratables y en el ciclo Más que noticias de Mauro Viale. Se hizo famoso por su talante iracundo y por sus gritos en los que mostraba los dientes. Fiero, con los ojos casi saliendo de las cuencas y las venas brotadas, parecía siempre a punto de estallar. Milei decía groserías, hablaba de la motosierra prometiendo acabar con la mitad del Estado, y de mejorar la economía con o sin dinero. Fue tal el discurso, tan demente como repetitivo, que la gente se comió entero aquello de que iban a sufrir un tiempo, pero después todo estaría mejor. Apenas dos años después, Milei tiene un país quebrado, más de 26.000 empresas cerraron, se pierden alrededor de 400 empleos diarios, la inflación está por las nubes, murió la producción nacional a punta de importaciones, enfrentan una tasa de suicidios jamás antes vista y la Policía agrede físicamente a los adultos mayores que se manifiestan porque literalmente no tienen qué comer. Mientras esto sucede, Milei canta, brinca y se despeluca entonando el tema Libre, de Nino Bravo, en la ceremonia oficial por el 78º aniversario del Día de la Independencia de Israel, allá, en el escenario principal del Monte Herzl. Al igual que De la Espriella, Milei tiene alma de cantante. Es un artista frustrado que cerró o puso en pausa las más importantes entidades públicas que promovían las artes en Argentina. Todo un ejemplo a seguir, según nuestro nuevo presidente. 

Milei, como De la Espriella, se ha alineado con Trump, que se atribuye el triunfo de los dos mandatarios latinoamericanos. No olvidemos que el presidente de los Estados Unidos viene también de ser una estrella de la televisión con el programa El aprendiz, espacio que protagonizó durante 13 años y en el cual contrataba y despedía en medio de tremendas humillaciones a jóvenes que se morían por ser tan exitosos como el magnate.

Hay algo más en lo que Trump, Milei y De la Espriella se parecen: la alineación (¿o alienación?) con el Estado de Israel. Trump ha secundado, hasta ahora, a Netanyahu a pesar de que presuntamente ha cometido crímenes de guerra y de lesa humanidad según la Corte Penal Internacional, que profirió orden de arresto en su contra. De la Espriella ha prometido retomar las relaciones con Israel tan pronto se posesione y asegura que Colombia será un aliado incondicional; esto justo al mismo tiempo que la ONU ha declarado lo sucedido en Gaza como un genocidio (más vale tarde que nunca). Milei llegó al punto de convertirse al judaísmo, cosa que De la Espriella no ha hecho pues pasó del ateísmo al catolicismo hace unos años. Sin embargo, habla de los judíos como el pueblo elegido de Dios. Hasta el momento no se sabe cuál de los dos dioses, si el judío o el católico (que son el mismo pero al mismo tiempo no), aprueba que en Gaza y en el Líbano maten de hambre a la gente, le disparen como objetivos militares a los niños, prohíban la entrada de medicamentos, usen las violaciones sexuales como arma de guerra, asesinen a periodistas y hagan una limpieza étnica para apropiarse de todo el territorio, desde el río hasta el mar, porque según Netanyahu “allí no hay espacio para dos Estados”.

A diferencia de Juanpis González, que en la serie de Netflix no ganó la Presidencia por corrupto, Abelardo de la Espriella —con su propuesta de “extrema coherencia”, como él ha denominado al fascismo que vendió en campaña— llegó al poder con casi 13 millones de votos. La gente quiere tradición, familia, guerra y progreso. ¿Cómo? Destripando a la izquierda “como corresponde”, trayendo a Dios a las aulas “como corresponde” (no importa que seamos un país laico con derecho a la libertad de culto), volviendo a la familia tradicional “como corresponde”, castigando sin piedad a los enemigos, eliminando la politiquería, fumigando nuestros campos. Todo “como corresponde”, muletilla usada a lo largo de la campaña por De la Espriella. No se habló, eso sí, de incrementar los impuestos a los multimillonarios. No, eso no corresponde.

La mitad del país votó por bombardeos a los “hijueputas guerrilleros”, como diría Juanpis desde la comodidad de su sofá; la gente votó por el fracking “a lo que da”, cosa que Juanpis acompañaría con un “go, go, go”; la mitad del país votó por el recorte estatal, porque, como diría Juanpis, “¿para qué tanto manteco viviendo de la teta del Estado?”; la gente votó por ser parte del Escudo de las Américas, proyecto de seguridad hemisférica de Trump, cuyo objetivo es combatir el narcotráfico y la amenaza comunista que representan las relaciones económicas que ahora tenemos con China y Rusia (ante lo cual Juanpis se persignaría); y, por último, medio país votó por ser parte de lo que Trump ha llamado La Gran América del Norte, que en palabras de Pete Hegseth, secretario de Guerra de los Estados Unidos, es un nuevo mapa diseñado por Trump que va “desde Groenlandia hasta el Golfo de América y Panamá, y sus países circundantes”.

Señoras y señores: el sueño de Juanpis se ha cumplido, ¡seremos gringos! Tal vez el ICE nos persiga en nuestro propio territorio, “go, go, go”.

Mientras tanto, diría Juanpis, los mantecos que no se rebelen podrán conseguir la movilidad social a punta de meritocracia, como afirma el vicepresidente electo José Manuel Restrepo.

Todo parece indicar que ni el vicepresidente ni Juanpis tienen idea de que el término meritocracia nació de una novela satírica escrita por Michael Young en 1958. Tampoco saben que la intención del autor no era propiamente acuñar el término como algo bueno, sino todo lo contrario: a través de la novela Meritocracia, Young hace una crítica sociológica de un país en el que se define el estatus social de las personas a través de una fórmula cruel y mentirosa: Mérito = Coeficiente Intelectual x Esfuerzo. No importa que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico nos haya demostrado que en Colombia un pobre tarda 11 generaciones para salir de pobre, y que nada tiene que ver ni el esfuerzo ni la inteligencia.

Pero lo que hay es tiempo, carajo. Así que no nos quejemos tanto y, como diría Juanpis: “a trabajar si quieren comer, chandas”. Más aún si están en la cárcel, “a 15 metros bajo tierra, sin sol ni agua”, como se lo prometió De la Espriella a los bandidos que no se sometan. Una promesa muy acorde con los que están “firmes por la Patria” y quieren ser peores que el enemigo. Más inhumanos y crueles. Que se pudra del Derecho Internacional Humanitario. 

Vamos por la guerra, que nos ha dado tanto. Esa guerra que hará aún más rico a ese 1 por ciento que ya es rico, mientras que los pobres ponen los muertos, “como corresponde”.

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales