
Hay partidos de fútbol que dejan sensaciones extrañas. Eso me sucedió después del juego Francia-Paraguay. Apagué el televisor con la incómoda certeza de que el equipo suramericano —teniendo cómo hacerlo— prefirió no jugar realmente al fútbol. Sin duda, Paraguay quiso otra cosa: romper el ritmo, cortar las jugadas, discutir, provocar, insultar, dar patadas y simular agresiones del rival. Todo con el propósito de hacer perder la calma a los franceses y distraerlos para eventualmente lastimarlos con un gol sorpresivo.
Después, el DT de Paraguay, Gustavo Alfaro —como si no hubiera tenido nada que ver en la estrategia de tirar fango a la cancha— habló desde el Olimpo —con una prosa delicada y sofisticada y aires de superioridad ética— ignorando las tropelías de sus jugadores y recurriendo incluso a argumentos populistas cuando compara, por ejemplo, la confrontación entre Francia y Paraguay con el encuentro entre “El Balón de Oro” y “el sustento diario”. Como si fuera un tema de ricos contra pobres, como si los jugadores franceses fueran reyes y los paraguayos, indigentes. Y entonces apareció en el ambiente la grosera exhibición de una narrativa plagada de eufemismos y de manipulación del lenguaje para justificar lo injustificable: garra, intensidad, temperamento, cuando realmente el mundo vio provocaciones, insultos, simulaciones y un obsceno intento de manoseo a las reglas. Primero el juego sucio, después las palabras enmascaradas y finalmente la justificación moral de lo antideportivo.
Y entre más repasaba el partido, más claro entendí que no solamente estaba viendo fútbol. Estaba viendo política. O mejor dicho, estaba viendo cómo la misma estrategia paraguaya en la cancha tenía un espejo en la política colombiana. Y en política puede ocurrir lo mismo que en la cancha. El progresismo colombiano decidió jugar a lo paraguayo. Preocupante que el senador Iván Cepeda —derrotado hace unos días— pretenda embarrar la cancha antes de empezar el nuevo gobierno. Decidió presentar la desobediencia civil como condicionamiento al Gobierno de De La Espriella, elegido democráticamente y avalado plenamente por las autoridades electorales. Y Petro, en vez de atender el empalme como es debido, anuncia demandas para anular la elección de Abelardo, y recurre de nuevo a su delirante obsesión con los hermanos Bautista, que —según él— habrían afectado los resultados desde Los Ángeles, en Estados Unidos. Todo esto después de que, tanto Petro como Cepeda, habían reconocido su derrota en las elecciones.
Cuando hablamos de De La Espriella no estamos hablando de un Gobierno que haya clausurado al Congreso, suspendido elecciones o abolido libertades públicas, sino de un presidente electo que todavía no ha expedido un decreto ni ha implementado una sola reforma. Sin embargo, por desgracia, el mensaje de desobediencia civil de Cepeda fue lanzado desde diferentes tribunas, la última vez en Cali. Y eso, combinado con la idea de Petro de que Abelardo “no ganó las elecciones”, no es solamente la expresión de un desacuerdo político sino una señal de que las reglas de la democracia se “ajustan” cuando la realidad de los resultados no coincide con las expectativas. La oposición tiene todo el derecho —y el deber— de controlar al Gobierno, de denunciar sus errores, de acudir a los jueces, convocar debates y movilizar a la opinión pública. Pero otra cosa muy distinta es tirar barro a la cancha antes de empezar el juego, quizás con la idea de no dejar siquiera que se juegue el partido. Eso sí, dejando siempre en el aire una velada referencia amenazante a la violencia que se vivió en Colombia de la mano de la ‘primera línea’ y sus adeptos.
En una frase inolvidable, Maradona dijo alguna vez “la pelota no se mancha”, refiriéndose a la necesidad de preservar al fútbol lejos de los errores y los excesos de sus protagonistas, empezando por él mismo. Cuando hay juego sucio, el que pierde es el juego mismo. Y en la política, cuando hay juego sucio, lo que se deteriora es la democracia: la confianza en las instituciones, el respeto por las reglas acordadas por la sociedad. Y Petro y Cepeda lo saben, y parece no importarles. Al contrario. Desafortunadamente, dañar el juego también es una estrategia: provocar al rival, discutir todas las decisiones del juez a los gritos, convertir cada jugada en un conflicto, desconcentrar con triquiñuelas al adversario para que falle. Al final, el propósito es cambiar el fútbol por el caos. Muy parecido a lo que vemos en la política colombiana de hoy. Eso no es garra. Eso es otra cosa muy distinta. Y la democracia colombiana no merece jugarse sobre el barro.
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