
A pesar de que la última campaña presidencial ha sido la más polarizada de todas las que me ha tocado vivir, el hecho que hayamos votado más de 26.000.000 de colombianos habla muy bien de cómo hemos madurado políticamente. Haber alcanzado una participación del 63,60 por ciento refleja que nuestra democracia sí funciona.
Esa votación es importantísima. Aunque la segunda vuelta tuvo sus lunares, en términos generales fue una jornada pacífica donde la Registraduría se lució, ya que divulgó rápidamente los primeros resultados: no habían pasado dos horas desde el cierre de las urnas cuando ya sabíamos quién sería el próximo presidente. Y eso demuestra que nuestro sistema electoral es confiable.
Sin embargo, la madurez política no se puede limitar a las elecciones únicamente. A partir del 7 de agosto, la izquierda y la derecha deben esforzarse en convivir democráticamente sin incendiar el país. Hay que entender que Colombia está dividida entre esas dos ideologías, y que ambas son igual de robustas. Por eso cuando se posesione, el Gobierno entrante debe concentrarse precisamente en gobernar para todos, no en provocar ni mucho menos perseguir; y la oposición debe enfocarse en realizar un control político con altura, no en bloquear ni enardecer. Esto es determinante para evitar confrontaciones que no conducen a ningún lado.
Es mejor ver lo bueno de cada parte. Sería injusto negar los resultados del primer gobierno de izquierda. Gracias a sus reformas sociales, puso en primer orden a los colombianos más ignorados, la gente más sobada. Entonces aumentó los ingresos de las madres cabeza de familia, los adultos mayores y la clase trabajadora, y adquirió tierras improductivas para entregárselas a campesinos, comunidades indígenas y afrocolombianas. El expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador, decía: “Por el bien de todos, primero los pobres”. Su idea debe ser tenida en cuenta por el Gobierno entrante.
Y ahora que la derecha regresa al poder, hay que valorar que se enfocará en solucionar problemas que siguen generando incertidumbre. La inseguridad que se ha instalado en las ciudades y el auge de las bandas criminales; el déficit fiscal, que requiere un manejo ordenado y responsable del Estado para no caer en una crisis económica que nos arrastre a todos; el colapso del sistema de salud; y la crisis energética que se avecina. Si al presidente electo le va bien, al país también le irá bien.
Si dejamos a un lado las agresiones ideológicas y asumimos una actitud constructiva con cultura ciudadana, estoy seguro que lograremos entendernos por el bien de Colombia.
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