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David Colmenares
Puntos de vista

Tan cerca y tan lejos

Después de una elección cerrada, un país queda expuesto a dos tentaciones: celebrar como si hubiera terminado la historia o desconocer el resultado como si la nación hubiera dejado de existir.

Por: David Colmenares

Después de una elección cerrada, un país queda expuesto a dos tentaciones: celebrar como si hubiera terminado la historia o desconocer el resultado como si la nación hubiera dejado de existir.

La primera vuelve arrogante al ganador. La segunda vuelve ciego al derrotado. Ninguna construye democracia.

Abelardo de la Espriella fue elegido presidente de Colombia. Tiene derecho a celebrar. Sus votantes también. Después de meses de tensión, rabia, miedo, esperanza, agravios y promesas, es natural que quienes se sintieron representados salgan a la calle, alcen la voz, abracen a los suyos y sientan que ganaron algo importante.

Pero el que llega no llega solo para ellos.

El que llega llega para todos.

Para quienes votaron por él y para quienes no. Para quienes celebran y para quienes sienten tristeza. Para quienes creen que Colombia se salvó y para quienes temen que Colombia se haya equivocado. Para los convencidos, los escépticos, los heridos, los cansados, los indiferentes y los que todavía no saben muy bien qué sentir.

Esa es la carga de gobernar: entender que una elección divide los votos, pero no debería dividir la nación.

Colombia no pertenece al ganador. Tampoco pertenece al que perdió. Colombia nos pertenece a todos, incluso cuando nos cuesta reconocernos en los otros. Incluso cuando la rabia nos vuelve caricatura. Incluso cuando preferimos pensar que el país real es solo el que se parece a nuestras ideas, a nuestros miedos o a nuestras certezas.

Ahí empieza la verdadera prueba.

Porque una cosa es ganar una elección y otra muy distinta es merecer el mandato. Una cosa es conquistar el poder y otra saber ejercerlo. Una cosa es hablarles a los propios y otra gobernar para quienes no aplauden. Una cosa es levantar la voz desde una tarima y otra usar esa voz para no romper más lo que ya viene fracturado.

Colombia está tan cerca y tan lejos de la nación que quiere ser.

Tan cerca, porque todavía vota. Porque todavía cuenta los votos. Porque todavía entrega el poder por vías institucionales. Porque todavía hay millones de personas que creen que vale la pena hacer fila, marcar un tarjetón y confiar, aunque sea un poco, en que el destino común puede cambiar por las buenas.

Tan lejos, porque seguimos usando la política para herir. Porque confundimos firmeza con desprecio. Porque nos cuesta aceptar que el otro también tiene razones, dolores, miedos y memoria. Porque cada elección parece autorizarnos a desconocer media Colombia. Porque quien gana muchas veces quiere humillar, y quien pierde muchas veces quiere incendiar.

Pero no estamos condenados a repetir ese guion.

Una nación se acerca a sí misma cuando pierde el miedo a mirar sus demonios sin remilgos. Cuando deja de esconder sus heridas detrás de discursos convenientes. Cuando reconoce que no todo lo que duele es amenaza, que no toda verdad incómoda busca destruir, que no todo desacuerdo convierte al otro en enemigo.

Un país madura cuando se atreve a preguntarse qué ha evitado, qué ha negado, qué ha maquillado y qué ha dejado para después con la esperanza ingenua de que el tiempo hiciera el trabajo que le correspondía al carácter.

Eso también vale para la vida.

Hay países que se quedan a un paso de ser lo que prometieron. Y hay personas también. Hay relaciones, familias, equipos, amistades, amores y proyectos que no fracasan porque no exista camino, sino porque nadie se atreve a cruzarlo.

No siempre se rompen por falta de amor, de historia o de señales. A veces se quedan cerca del otro lado porque alguien prefiere la explicación al acto, el control al riesgo, la distancia a la verdad.

A veces lo posible no está lejos.

A veces está ahí, al frente.

A una conversación. A una decisión. A una renuncia al orgullo. A una frase dicha sin armadura. A un gesto que no pide garantías absolutas antes de existir. A la valentía de aceptar que cuidarse no puede significar siempre esconderse.

Porque también existe una forma elegante de huir.

Se puede huir sin portazos. Sin gritos. Sin escándalo. Se puede huir con razones impecables, con silencios administrados, con prudencia, con agenda, con cansancio, con heridas, con distancia, con una versión muy digna de uno mismo.

Se puede no irse del todo y aun así no llegar nunca.

Se puede dejar una puerta entreabierta, pero no cruzarla. Se puede mirar el puente, desear el otro lado, acercarse hasta el borde y luego retroceder con una explicación perfecta. Se puede sentir mucho y elegir poco. Se puede decir que no es el momento, cuando en realidad el momento lleva tiempo esperando.

Y claro que hay que cuidarse.

Pero cuidarse no puede ser siempre esconderse. La dignidad no puede convertirse en el nombre bonito de no arriesgarse. La prudencia no puede volverse una cárcel con buenos modales. La paz no puede consistir en anestesiar todo lo que nos mueve. Y la coherencia no puede ser apenas quedarse quieto para no tener que responderle a la vida.

Hay una dignidad que libera y otra que encierra.

La primera pone límites para no traicionarse. La segunda levanta muros para no exponerse. La primera nace de la verdad. La segunda nace del miedo vestido de razón. La primera permite caminar más liviano. La segunda protege tanto que termina convirtiendo el cuidado en parapeto.

Ese es el punto exacto donde una nación, una vida o un amor empiezan a alejarse.

No cuando todo se rompe. No cuando alguien grita. No cuando se cierra una puerta. A veces se alejan mucho antes, cuando lo posible queda intacto frente a nosotros y aun así elegimos no tocarlo. Cuando preferimos una explicación impecable a una verdad desnuda. Cuando nos convencemos de que no decidir también es una forma de dignidad, aunque por dentro sepamos que a veces es solo miedo bien vestido.

 

Porque hay formas muy educadas de huir.

Y hay silencios que no son paz, sino renuncia.

Colombia no se va a arreglar por un discurso, ni por una posesión, ni por una celebración. Tampoco se va a destruir necesariamente porque ganó alguien que a muchos no les gusta. El futuro no está escrito en la noche electoral. Se escribe después, cuando baja el ruido, cuando se apagan las cámaras, cuando ya no basta gritar y toca decidir.

Si el triunfo será una revancha o una oportunidad.

Si la oposición será vigilancia democrática o sabotaje disfrazado de indignación.

Si los ciudadanos vamos a seguir delegando la nación en líderes que nos excitan la rabia, o si vamos a asumir que el país también se construye en la conversación que tenemos en la casa, en la oficina, en el chat familiar, en la calle, en la forma como tratamos al que piensa distinto.

Porque esa es la paradoja: muchas veces estamos más cerca de lo que creemos. Cerca de entendernos. Cerca de reparar. Cerca de hacer algo distinto. Cerca de bajarle dos rayas al odio. Cerca de decir “me equivoqué”. Cerca de decir “aquí estoy”. Cerca de reconocer que el otro no es el enemigo, sino alguien con quien compartimos una casa demasiado frágil como para seguir prendiéndole fuego.

Pero también podemos estar lejísimos.

Lejos cuando elegimos el orgullo. Lejos cuando preferimos la excusa. Lejos cuando usamos el dolor como coartada para no movernos. Lejos cuando confundimos dignidad con blindaje. Lejos cuando creemos que no arriesgarse es estar a salvo, aunque por dentro sepamos que también se puede perder la vida quedándose intacto.

Lejos cuando hacemos de la rabia una identidad. Lejos cuando convertimos la prudencia en parálisis. Lejos cuando llamamos madurez a no sentir, paz a no mirar, carácter a no ceder y coherencia a no cambiar. Lejos cuando miramos el puente, sabemos que hay que cruzarlo, y aun así esperamos que el otro cargue con toda la valentía.

Colombia necesita que quien ganó entienda que ganó una responsabilidad, no una autorización para aplastar. Necesita que quienes perdieron entiendan que perder no les quita voz, pero sí les exige grandeza. Necesita que todos recordemos que la democracia no es solo votar: es aceptar que la nación sigue existiendo después del resultado.

Y que sigue siendo de todos.

No hay presidente de media Colombia. No hay nación de un solo color. No hay futuro posible si cada triunfo se celebra como una derrota moral del otro. A partir de ahora, lo importante no será cuántos salieron a celebrar, sino cuántos están dispuestos a cuidar. No cuánto ruido hacemos para defender nuestras certezas, sino cuánta madurez tenemos para no destruir lo que todavía nos sostiene juntos.

Tal vez ahí está la tarea de este momento: entender que Colombia puede estar tan cerca como queramos y tan lejos como permitamos.

Tan cerca de reconciliar autoridad con respeto.

Tan cerca de convertir la diferencia en conversación.

Tan cerca de exigir sin odiar.

Tan cerca de cuidar sin rendirse.

Tan cerca de cruzar el puente.

Y, al mismo tiempo, tan lejos si volvemos a escoger las máscaras de siempre: la soberbia, el miedo, la revancha, la comodidad, el silencio, la excusa.

Porque hay distancias que no se miden en kilómetros, sino en decisiones no tomadas. Hay puentes que no se caen: se quedan esperando. Hay futuros que no se pierden por falta de camino, sino por exceso de miedo. Hay personas que creen estar a salvo porque no se mueven, sin darse cuenta de que también se puede perder la vida quedándose intacto.

Una nación no se construye solo con discursos correctos. Tampoco una vida. Tampoco un amor. Se construyen cuando alguien decide hacerse cargo de lo que siente, de lo que teme, de lo que rompió, de lo que desea y de lo que todavía puede cuidar.

A veces el otro lado no está lejos.

A veces queda apenas a una decisión.

Al final del día, las ganas y las excusas ocupan el mismo espacio.

La diferencia es que unas cruzan.

Las otras se quedan mirando y explican por qué no.

Solo por hoy.

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