
El Renault blanco rueda lento por la avenida Las Américas. El tráfico es denso. Entre los ocupantes hay dos sargentos del Ejército. Van armados. El moreno de cabello lacio y bigotes empuña una pistola Walther 9 mm. Una larga cicatriz le recorre el brazo izquierdo y otra resalta en su cuello. Parecen recortados de una película de gánsteres. Los suboficiales tienen la misión de matar a Manuel Cepeda Vargas, senador de la Unión Patriótica. Es martes 9 de agosto de 1994. Faltan pocos minutos para las 09:00. El sol ha levantado vuelo desde los cerros orientales. Bogotá amanece con una temperatura de 11 ºC, dice el locutor de la radio. Es una mañana radiante. Un espléndido día que los asesinos mancharán con sangre.
A pocas cuadras de donde se va a consumar el asesinato está el apartamento de la familia Cepeda Castro. Una de las 810 modestas viviendas que construyó el Instituto de Crédito Territorial —liquidado en 1991 por el Gobierno neoliberal de César Gaviria— a comienzo de los setenta. “Banderas”, como fue bautizada la supermanzana, nació como un barrio de clase obrera. Allí recaló la pareja formada por Manuel Cepeda Vargas y Yira Castro Chadid con sus dos pequeños: Iván y María. Manuel, un versátil dirigente que a mediados de los sesenta fue comisionado por el Partido Comunista Colombiano para reunirse con Ernesto 'Che' Guevara en La Habana, Cuba. Tenía la difícil tarea de oponerse a la llamada “teoría del foquismo» que el revolucionario argentino defendía junto al renegado Regis Debray. Yira, nacida en Sincelejo, era entonces una desparpajada y carismática lideresa integrada al Comité Central del Partido Comunista. A la pareja se le veía muy junta y sonriente por los alrededores del barrio Santafé, donde se encontraba la sede de los comunistas o caminando hasta la calle 19 para tomar la buseta que los llevaba hasta su apartamento en Kennedy. Él lucía una ruana blanca y ella un abrigo negro.
El campero Montero Mitsubishi avanza con lentitud por la avenida Las Américas. En el asiento delantero va el senador Manuel Cepeda leyendo el periódico El Tiempo. Eduardo Ferro Paloma conduce. El asiento trasero está ocupado por Luis Alfonso Morales Aguirre, armado con un revólver Llama calibre 38. El vehículo carece de blindaje. Un blanco fácil para dos consumados pistoleros que, desde las cloacas del Estado, ejecutan trabajos sucios. Son dos militares con trayectoria en inteligencia que, a esa misma hora, según la coartada que han preparado, deberían estar en la Escuela de Artillería realizando un curso de formación. El conductor acerca el Renault blanco hasta ponerlo en paralelo con el campero que lleva a Manuel Cepeda. Los asesinos se tensan. Comprueban que las pistolas tengan tiro en la recámara. El blanco está a tiro de quemarropa.
Iván mostró talento desde pequeño y tenía una capacidad de aprender las cosas bien y rápido, cuenta una mujer cercana a la familia Cepeda Vargas. La niñez de Iván fue trashumante como era la de sus padres, dos personas entregadas a la causa de los comunistas. “La causa” era un bien supremo, por encima de la vida misma y las circunstancias familiares. Muchos hogares comunistas tenían problemas cuando los niños se volvían adolescentes. A consecuencia de su militancia, Manuel Cepeda estuvo en la cárcel y el Partido decidió proteger su vida enviándolo a Cuba junto con su esposa Yira, que ya pintaba como una potente lideresa en la capital de Colombia. Para entonces el comunismo era una gran familia internacional que influía en medio planeta, con organizaciones obreras y estudiantiles continentales y publicaciones que leían por igual ministros alemanes, guerrilleras del Vietcong, directores de cine, prisioneros sudafricanos, actrices, premios Nobel o activistas estudiantiles de Colombia.
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