Ir al contenido principal
Diego Carvajal
Cultura

El ritual del Vinilo

Coleccionar vinilos es costoso y poco práctico. Un solo LP de 180 gramos cuesta más que dos meses de suscripción premium en plan familiar a Spotify; y a diferencia de este o cualquier otro servicio de música, el disco no ofrece millones de artistas en la palma de la mano, no da la posibilidad de armar listas para cada ocasión ni tampoco permite compartirlas con quien uno quiera en cuestión de segundos vía whatsapp o redes sociales.

Aunque para muchos la diferencia en la calidad del sonido de la pasta versus otros formatos sí es notable y amerita comprarlo, la mayoría de la gente que oye música, honestamente, no distingue entre la calidad de un acetato grabado de las cintas originales, y un video de youtube. Ni hablar de la incompatibilidad del LP con las fiestas en las que la velocidad para pasar de una canción a otra es buena parte del secreto de cualquier buen DJ. Quien colecciona vinilos no lo hace porque sea práctico tenerlos; lo hace por la grata experiencia de oírlos.

Escuchar un vinilo es como ir al cine: seguramente la película que uno quiere ver está en Netflix, y es más cómodo verla en la cama, y pausarla para ir al baño o para recibir el domicilio. Sin embargo, como pasa con el vinilo, no es lo mismo ver una película en el celular que ir al cine. No importa si usted tiene el último teatro en casa o si descargó la cinta en su tableta para que lo acompañe en un vuelo largo; la experiencia de ver una buena película en una sala de cine es inigualable: la fila, las palomitas, las uvas chéveres...Lo que uno paga no es el acceso a la película sino la experiencia.

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.

Suscribirme
Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo exclusivo para suscriptores

Suscriptores

Compartir en redes sociales