FRASES CÉLEBRES DE PETRO

No todo el mundo comprende al presidente Berto ni sabe acomodarse a su franqueza como lo hacemos nosotros, su base sólida, ese treinta por ciento de colombianos de bien que todavía sueña con el país que él nos propuso: aquel lugar en el que los puentes de Riohacha no tienen nada que envidiar a los de Wichita, Kansas, y el Gobierno brilla por megaobras como la construcción del tren bala, del megatubo de agua potable o, la más reciente de todas, el traslado de la estatua de la Libertad de Nueva York a Cartagena, donde la ubicarán en Bocagrande, en honor al propio Berto: le ofrecerán una mojarra por ochenta mil pesos; tendrá que empeñar la antorcha para pagar unas trencitas. Pero el presidente ocupará su merecido lugar en la historia como el que de todos modos ya logró gracias al consejo ministros del pasado martes. Fue inolvidable: dijo que los hipopótamos provenían de la India, reinventó el lema de la república de Francia; habló de la sexualidad del “cocker espanich” y consignó para la inmortalidad una frase que llevarán en adelante los libros de historia: “A mí nadie que sea negro me va a decir que hay que excluir a un actor porno”, advirtió a su lívido ministro de la Igualdad porque no quiso nombrar en el Viceministerio a un actor de películas pornográficas del agrado del presidente, llamado Juan Carlos Florián. El ministro encajó el regaño sin siquiera abrir la boca que es, vaya paradoja, lo que suele hacer Florián en sus escenas.
Para ser exacto, el presidente lo dijo de esta manera:
Pocos saben que, una vez terminó la transmisión, el consejo de ministros tuvo una segunda parte en la que los ministros respondieron con dignidad los reparos del presidente y este, de paso, dio detalles sobre su reunión con el SintraPorn, en diálogos que sucedieron así:
—Presidente, no lo quería contrariar en público, pero, por favor, no nombremos a ese señor en el Viceministerio —le pidió el ministro.
—¡Un negro no me dice dónde lo nombro! —respondió de nuevo Berto.
—¿Y un indio? —preguntó el ministro de Educación.
—Solo si es de la India de los hipopótamos: ¡y voy a reemplazarlos a todos ustedes por hipopótamos porque no han hecho nada y solo saben traicionar al pueblo!
El ministro de Defensa, entonces, pidió la palabra:
—Hablando de traiciones, presidente: no es saludable que la niña que usted nos recomendó viaje en un avión de la Policía con su hermana.
—Ella es rebelde, general, déjela —dijo, molesto, el presidente—. Además estaba en una misión secreta.
—Pero la hermana subió fotos del paseo a su Instagram— señaló la ministra de Comunicaciones.
—¡Pero solo a las historias, ministra, no al feed, o como se diga! ¡Y una ministra y un general no me vienen a decir a mí a dónde subo a una joven rebelde como ella, que nos dio la victoria!
—Presidente —lo interrumpió el ministro de Igualdad—, volviendo al tema del señor Florián: ¿no lo podría nombrar mejor en el ICBF?
—No. Le prometí el Viceministerio de la Igualdad allá en París, cuando me reuní con unos actores de películas porno para leerles El capital. Casi no les entra, pero insistí.
—¿Se lo leyó todo?
—Enterito. Y dos veces, porque repetimos.
—¿Y por qué no nombrarlo en Cultura, entonces? —indagó de nuevo el ministro de la Igualdad.
—¡Un negro no me dice por quién reemplazar a la ministra de nombre raro! (que además no es mi novia como estaban inventando).
—Presidente —interrumpió de nuevo el ministro de Defensa—, ¡simplemente quiero ofrendarle esta estatua en nombre de mis hombres por ser usted ejemplo para todos nosotros!
El presidente recibió la condecoración sin decir nada, de mala gana, y retomó la anécdota:
—Ese fin de semana los organicé, les dije “dejen la ropa y los prejuicios literarios por allá y siéntense en círculo” y comenzamos la lectura en voz alta…
—¿Y ellos la entendían, presidente? —preguntó una voz femenina.
—¿Y la señora es…?
—Soy su ministra de Vivienda. Encantada... —se presentó.
—¡Claro que entendían El capital de Marx! ¡Yo me lo he leído dos veces, el libraco así! Al comienzo se confundían cuando uno les hablaba del índice. Pero después los puse a leer en voz alta, por turnos, y tenían una gran capacidad oral y luego subrayamos hasta el amanecer.
—Presidente, yo me quiero leer ese libro o al menos ver la película —levantó la mano el ministro de Educación.
—Y todos comentaban cuáles ideas les podían servir para su actividad sindical, aunque algunos tenían un concepto diferente sobre el paro.
—Presidente —insistió, digno, el ministro de la Igualdad—: el señor Florián no tiene currículo.
—Sí lo tiene: ¡esa vez se lo vi!
—Además dirán que usted lo nombra por palanca —insistió.
—¡Por palanca ha conseguido sus puestos anteriores, en todo caso!
—Presidente —terció el ministro Chiquito Malo—, ¿y si lo nombramos promotor de la constituyente para darle la vuelta al asunto y que quite el articulito?
—¡Un calvo no me dice a mí dónde nombrar a un actor porno! —se exaltó el presidente—: ¡salvo el ministro Bonilla, acá nadie me ha dado la talla! ¡Por eso a veces me vuelo a escribir mis treinta paginitas frente al mar de Manta, para aguantarlos a ustedes!
Un incómodo silencio se tomó la sala. El presidente retomó la palabra:
—Acá ha habido un déficit en la salud por las deudas de las EPS. Dígales por cuánto, ministro…
—Por lo menos cien billones de pesos —improvisó el ministro de Salud.
—Y sobre eso ahí nadie dice nada. Pero vaya uno a nombrar un actor porno en un viceministerio…
Antes de levantar el consejo, el presidente ordenó a la nueva canciller, como compensación, el traslado inmediato de la estatua de la India Catalina a Nueva York, y miró de frente a su subalterno:
—Yo veré que respete ese nombramiento, ministro: me gusta trabajar con funcionarios que sepan cambiar de posición… Como el mismo señor Florián.
A la salida, el ministro de Defensa le ofreció otra condecoración.
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