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BRAYAN GUSTAVO

BRAYAN GUSTAVO
Daniel Samper Ospina
Los Danieles

BRAYAN GUSTAVO

Como adicto a la televisión basura, vicio que adquirí desde Protagonistas de novela (edición 2012), miro sin falta las alocuciones del presidente Berto, y esta semana gocé con sus dos apariciones: en apenas 48 horas, nos contó que es de sangre italiana, anunció a los gringos que Colombia fabricará sus propias armas, elogió a las mujeres que acompasan el clítoris con el cerebro, dijo que en cada barrio “hay un Brayan que deja embarazada a una novia” y desafió a Donald Trump:

—¡A mí no me amenace, aquí lo espero si quiere!— lo retó, mientras Trump, nervioso, seguía la advertencia en la Casa de los Windsor.

Digo que desde aquella primera temporada en que el presidente justificó el regreso de Armandito Benedetti —ese Elianis Garrido del poder ejecutivo— enumerando uno por uno los ingredientes del sancocho trifásico, sigo con atención cada capítulo, y cuando no puedo verlo, lo dejo grabando: luego me desatraso algunas veces en soledad, whisky en la mano; y otras con amigos a los que ofrezco picadas mientras comentamos los sucesos del Palacio-estudio como si se tratara de un partido de fútbol. Recuerdo, en especial, la vez que Berto le advirtió a su ministro de la Igualdad que a él ningún negro le iba a decir si podía nombrar a un actor porno que fue sindicalista en el “wadabunbúsh en paguís”: repetimos el momento tantas veces como el gol de James contra Uruguay.

Esta semana el presidente no me falló, asunto que valoro porque no fueron días fáciles. Qué arrume de noticias. María Claudia Tarazona acusó a María Fernanda Cabal de amenazarla con un micrófono de solapa; Presidencia aceptó la renuncia de la autodenominada persona marica Juan Carlos Florián y de forma simultánea publicó su hoja de vida para nombrarlo de nuevo, esta vez como ministro: en adelante se autopercibirá hombre, para no afectar la ley de cuotas. Ciudadanos llamados Brayan publicaron un video exigiendo respeto ante las ofensivas palabras del presidente. Vicky Dávila peleó con Abelardo de la Espriella; Daniel Quintero, con Susana Muhamad; Petro, con la letra i. Y con ocho añitos de retraso, la JEP dictaminó las penas sustitutas a las que se deben someter los dirigentes de las FARC, de las cuales la más difícil es sembrar unos árboles. ¿No merecían un castigo más fuerte? ¿Escuchar los análisis del Profe Vélez, siquiera los cantos de Concha Baracaldo?

Necesitaba, pues, el alivio de las alocuciones de Berto para soportar aquellos titulares.

Y estuvo a la altura. Es cierto que desde las épocas de Laureano Gómez no se reunían en una misma persona frases tan aterradoramente machistas, racistas y clasistas como las de Berto cuando habla de los negros, los Brayan y las mujeres: es el Berto conservador, el Berto machiprogre que se parece a lo que ataca. Pero, más allá de ese pequeño detalle, vale decir que como productor de entretenimiento es sencillamente insuperable y que de sus consejos semanales se podrían desprender películas y series de Netflix, la mayoría protagonizadas por él mismo: de esa forma no sería necesario que Hollman Morris se parrandeara 417 millones de pesos en la compra de los derechos de House of Cards.

Una de ellas podría ser El soldado Brayan para que el presidente-protagonista estrene las armas fabricadas por Colombia: el rayo homosexualizador que en su momento patentó el uribismo, la mismísima espada de Bolívar. Incluso la escopetarra de César López. Las fabricarían en el mismo lugar donde el Gobierno imprime los pasaportes.

Con las armas al hombro, el soldado Brayan comandará el pelotón que pacificó El Plateado en hora y media, en escenas que todavía recordamos: cuando el exministro Velásquez, el funcionario Carlos Carrillo —desde entonces “el sargento Barbas”— y Mauricio “Kiko” Lizcano, entre otros, se calaron un casco que les bailaba en la cabeza, se apretaron en unos chalecos antibalas que parecían fajas de talla pequeña y documentaron el paseo con selfis que podrían reciclarse en esta producción. Con todos ellos, pues, el soldado Brayan defenderá a Nicolás Maduro de la invasión de Donald Trump.

O filmar la versión colombiana de La vida de Brayan para contar desde los propios sesgos clasistas del presidente la vida paralela de este Mesías que acompasa de la mejor manera sus partes íntimas con el cerebro.

La emitirá RTVC. La replicarán en las redes digitales las cuentas del Servicio Geológico, del Sena y de todas las entidades del gobierno.

En la primera escena Brayan Gustavo Petro, nacido en un portal de Ciénaga de Oro, embaraza a la hija de la vecina y no responde por el bebé. La señora, convertida en una admirable madre soltera, procura darle una vida de valores al pequeño, pero todo es en vano.

Un día se lo lleva a su papá:

—Brayan Gustavo, el niño se robó unas cosas en el Fruver, ¡dígale algo! —le pide.
—No lo crie, esa es la verdad —se disculpa Brayan Gustavo, al tiempo que abraza a una “sardina” de la que lamenta en voz alta “que se nos case”. Luego celebra la ocurrencia ante sus amigos pandilleros: actores naturales como Brayan Daniel Rojas o la ministra persona marica Brayan Florián; o el propietario mismo del Fruver, Brayan David.

—¡Brayan Nicolás, dígale a su papá que al menos le dé para la gaseosa! —insiste la señora.

Pero su padre ni siquiera lo escucha: una vez más le da la espalda y se larga con la pandilla a la tienda, a tomarse unas chichas, porque la “gastristis” no le permite tomar whisky.

En la tienda se enfrasca en una pelea con otro rufián de barrio, grande, malencarado, maloliente, a quien llaman “el Gringo”.

—A mí no me amenace, acá lo espero si quiere —le dice Brayan Gustavo mientras se envuelve en el brazo el saco color verde menta, para protegerlo, y gira en círculos, puñaleta en mano.

Sería una excelente producción. Por mal que le vaya, observarla serviría como pena sustituta para la dirigencia de las Farc, que a lo mejor prefieran pegarse un tiro. Con armas fabricadas en Colombia.

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