CRIANZA EN EXHIBICIÓN

Confieso que he malgastado incontables horas de mi vida ante la pantalla del celular, consumida por videos de bebés y niños de las más variadas nacionalidades como protagonistas de todo tipo de inverosimilitudes: el bebecito brasilero que pronuncia con destreza palabras complicadas como “proparoxítona”; la nena inglesa que se queja briosamente del precio de la limonada en un puesto callejero; los chiquitines que apenas caminan, pero dominan coreografías imposibles; el género entero de niños a los que se les escapan groserías… Así, pierdo mucho más tiempo del que quisiera (y en este punto pudiera) cronometrar porque mi algoritmo conoce y explota a la perfección mi debilidad por la infancia en todas sus formas.
Las redes sociales se inundan diariamente de este contenido. Y no se trata de algunas fotos de progenitores orgullosos, sino de aquellas cuentas que exponen cada pataleta, ronchita o diente nuevo de un menor de edad; de las mamás comprometidas en registrar sin escrúpulos todas las etapas del crecimiento de sus hijos; de los padres que explican detalladamente al mundo la rara condición médica de sus niños; de los bebés que no han abierto por primera vez los ojos y ya son usados para vender diferentes productos por internet.
A esta actividad, que parece tan normal, se le ha denominado sharenting, una mezcla entre las palabras share (compartir) y parenting (crianza) en inglés. La crianza a partir de la publicación excesiva de imágenes.
Nada de esto es accidental o intrascendente, aunque lo parezca. La exposición de los menores de edad en internet tiene enormes consecuencias para sus vidas, en especial si se hace de manera excesiva. Cuando ellos alcancen la mayoría de edad tendrán toda su vida registrada y comentada meticulosamente en la web. Son identidades digitales construidas por otros y sobre las cuales no tendrán ningún control.
Por supuesto, están los riesgos más evidentes y es que este nivel de exposición los convierte en presas fáciles de muchas de las dinámicas oscuras que transcurren sin que nadie las detenga: pedofilia, ciberacoso, estafas y robos de identidad, entre otras. Las plataformas lo saben y lo permiten, porque les dejan mucho dinero. Y aunque simulen que luchan contra esto, no es así: ya los han atrapado en la mentira más de una vez.
Con una docena de fotos o videos de un menor es posible averiguar dónde vive, qué come, a qué colegio va, con quién se relaciona, cómo se transporta… Es decir, trazar un mapa de toda su vida. Para 2030, dos tercios de los robos de identidad estarán habilitados por el exceso de información compartida por los padres sobre sus hijos, según vaticinó el banco inglés Barclays.
Pero hay otras contingencias que las ciencias sociales empiezan a medir y apuntan a consecuencias más generalizadas e invisibilizadas, como las afecciones psicológicas causadas por la grabación y el registro fotográfico constante de los menores. El hogar se convierte en escenario de un reality show forzado por sus propios padres o cuidadores, en el que los niños se acostumbran a actuar las situaciones más cotidianas e intrascendentes; a emplear máscaras en los escenarios más íntimos; incluso a interactuar con sus fans o con sus seguidores desde la sala de su casa. Se vulneran los lazos propios de confianza que cimientan las seguridades y certezas más importantes de la crianza, porque los pequeños crecen sabiendo que quienes deben ampararlos están más interesados en exponerlos.
Esto es permitido por padres y madres concentrados en producir experiencias instagrameables: crían más para el público y que para sus hijos. Por eso pululan las señoras que aleccionan al mundo sobre la crianza respetuosa mientras exponen a los menores a los peores peligros del internet.
La situación se agrava cuando se trata de cuentas públicas o de influencers que explotan su maternidad o paternidad para hacer dinero. En el mercado de la publicidad digital cualquier contenido que incluya un niño se cobra más caro, porque muchos, como yo, caminamos como zombis hacia eso. Los expertos aseguran que la monetización de ese contenido pertenece a los hijos y que debe guardarse para ellos, o que podrán reclamarlo ante los jueces cuando sean mayores de edad.
El sharenting no es un ejercicio legítimo de la autonomía parental: es una exposición desmedida sin el consentimiento de esos menores y quién sabe qué pensarán cuando tengan capacidad legal para decidir. Centros académicos como el London School of Economics anticipan litigios de los hijos contra sus padres por cuenta de las violaciones a sus derechos, consumadas mientras crecían y frente a las cuales no existe posibilidad de reversa alguna, pues nada puede ser recuperado del internet y menos si se trata de miles de horas de video y fotos publicadas en cuentas abiertas. Eso sumado a que la explosión de la inteligencia artificial permitirá que las imágenes sirvan para alimentar librerías digitales enteras o, peor, para crear desnudos falsos y otros engaños.
Claro que todos hemos compartido de buena fe contenido sobre nuestros pequeños, pero esta no debe seguir siendo una práctica irreflexiva y natural, como si las consecuencias no fuesen graves y, lo peor, irremediables.
Y la próxima vez que usted se encuentre con su niño favorito de las redes sociales regálele un momento para considerar quién se lucra de esas imágenes y qué estragos causa esa crianza en exhibición.
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