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HABLANDO DE CANCELACIÓN

HABLANDO DE CANCELACIÓN
Paloma Cobo Díaz

HABLANDO DE CANCELACIÓN

Cancelación. La palabra comprende varios fenómenos. Puede consistir en denunciar a una persona y participar en un bloqueo en su contra por algo que ha dicho o hecho. También puede referirse a un vacío o boicot dirigido contra quienes producen discursos polémicos, inapropiados, molestos o discriminatorios.

Es un término que insiste en aparecer. Laura Restrepo, Giuseppe Caputo y Mikaelah Drullard anunciaron que no participarían en el Hay Festival si invitaban también a la premio Nobel de Paz venezolana María Corina Machado. Tras la muerte de Willy Colón, algunos dijeron que, por su apoyo a Trump y sus comentarios antifeministas de los últimos años, no podían disfrutar de su música como antes. En la misma semana, Échele Cabeza reavivó el debate en torno a la cancelación de su exdirector, Julián Quintero, acusado por tres mujeres de acoso y abuso sexual al difundir una investigación “independiente” sobre lo ocurrido. Échele Cabeza es una organización colombiana para reducir los riesgos y daños por el consumo de sustancias psicoactivas. En la investigación, firmada por un colectivo anónimo y que parece escrita por el mismo Quintero, se sugiere que la cancelación de Quintero haría parte de una estrategia articulada desde Estados Unidos para acabar con la organización.

Los tres episodios comparten la exposición pública por redes sociales y la viralización. Pero poco más. Las causas por las que fueron cancelados son distintas: una opinión individual en el caso de Willy Colón, una estrategia política de intervención en el de Machado y un presunto delito sexual en el de Quintero. Esta diversidad de motivos me parece más importante que las semejanzas en el mecanismo de denuncia utilizado. Llamarlos con el mismo nombre facilita olvidar la proporcionalidad que debería existir entre lo ocurrido y su condena o su castigo. 

Una primera distinción necesaria entonces es separar la cancelación que ocurre por una opinión, un discurso o una idea (como los trinos de Willy Colón) de aquella que resulta de un acto. Aunque la diferencia entre idea y acto puede ser cuestionada (y el caso de María Corina Machado es interesante en este sentido porque su opinión de apoyo a una intervención puede ayudar a que la intervención ocurra), sigue siendo útil. La mayoría estaríamos de acuerdo en afirmar que es peor la violencia directa que un comentario discriminatorio, como también es peor un golpe que un insulto. Ambos pueden parecernos equivocados y puede que queramos acabar con los dos, pero su gravedad es distinta y sus consecuencias también deberían serlo. 

Creo que mucho de lo que se ha escrito en contra de la cancelación se inventa un hombre de paja. Imagina un grupo de personas que la defienden como una manera deseable de resolver conflictos o castigar delitos. Yo creo que nadie está convencido de sus virtudes. Lo que existe son quienes piensan que la cancelación es lo único que tienen, que tenemos, a la mano. Es una solución posible —imperfecta, injusta a veces— ante la impunidad y la ineficacia de las maneras tradicionales de hacer justicia. 

La pregunta, entonces, no es si la cancelación es una buena estrategia. La cuestión es si la situación resulta tan desesperada que justifica usar una estrategia con fallas. Hay ocasiones en las que lo es. En particular, en los casos de abuso y acoso sexual. Fue porque mujeres hicieron denuncias públicas que no solo produjeron condenas, sino cambios en la opinión pública sobre la violencia de género y transformaciones institucionales para evitarla (en universidades y colegios, en Hollywood y en las salas de redacción, entre tatuadores y cantantes de rock). En cambio, cuando lo que se cancela es una idea o una obra de arte, ni la situación es tan desesperada, ni la solución resulta tan efectiva. Las ideas (también las polémicas y las equivocadas) son escurridizas y suelen fortalecerse al ser censuradas. Así que si vamos a seguir hablando de cancelación, que sea distinguiendo la gravedad de los casos. 

Con esto pude haber cerrado la columna, pero yo sigo preguntándome por qué. ¿Por qué la cancelación insiste en aparecer? Una respuesta es que se trata de la forma contemporánea de la caída en desgracia: uno de los géneros más clásicos y sabrosos del chisme. Pero ¿no nos habla de algo más? ¿No hay un malestar que vuelve una y otra vez a la superficie? La cancelación parece ser el síntoma de algunas de nuestras ansiedades contemporáneas: la dificultad de conseguir justicia cuando las instituciones fallan; la incertidumbre en nuestras relaciones con el otro sexo; la crisis de los modelos y ejemplos de conducta; la exigencia de actuar moralmente cuando las avenidas para hacerlo se vuelven cada vez más estrechas y virtuales; el deseo de encontrar un grupo al cual pertenecer. Aunque estemos cansados de los debates en torno a la cancelación y aunque casi nadie la defienda del todo, seguimos cancelando porque, con un tuit, creemos interrumpir la abrumadora sensación de impotencia que provoca vivir en un mundo en crisis. 

  • Escritora, científica social y antropóloga, es autora del libro El cierre: sobre la cancelación (Ariel, 2025).
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