Ir al contenido principal

FÚTBOL SIN BALÓN

FÚTBOL SIN BALÓN
Daniel Samper Pizano
Los Danieles

FÚTBOL SIN BALÓN

Todas las definiciones de la palabra fútbol o sus equivalentes que figuran en los diccionarios contienen el mismo error. Se refieren a un “juego entre dos equipos de once jugadores cada uno, cuyo objetivo es hacer entrar en la portería contraria un balón”. Luego se añaden minucias discutibles: que solo el portero puede tocarlo con manos o brazos en el área de meta y los demás no, etcétera.

Quienes hemos visto actuar extremidades superiores en la zona de candela, desde axilas hasta falangetas, y goles de mano válidos, como el de Maradona en 1986, dudamos de tan estrictas definiciones. De acuerdo: la pelota es el óvulo básico del fútbol. Pero definir el juego por el balón es como decir que la selva es un lugar donde hay culebras o que la pelea por un florero como el de Llorente produjo la revolución republicana de América. Más allá del corpus bolarum, que llamaban los romanos, hay mucha actividad futbolística que no atiende los caprichos de una esfera inflada y saltarina. 

Más que un pasatiempo, el balompié oculta con tal nombre su esencia de fenómeno social, económico y existencial. Hace falta un estudio serio que analice las múltiples y ricas aristas del asunto sin acudir al engañoso señalamiento del balón. El fútbol es, ante todo, una reunión social con un pretexto deportivo. Es una plaza del común, un ágora bulliciosa donde la gente grita consignas, conversa, pelea, defiende y ofende mientras pasan otras cosas en lugares cercanos, como un partido de corpus bolarum. Pero además de ser un patio popular, es una vitrina de productos, una pasarela de modas, un escenario de narcisos, un altar para aplaudir ídolos, un matadero para abuchearlos. 

El fútbol acoge una rica industria de uniformes: ropa para todas las edades, guayos, recuerdos, fotografías, videos domésticos… La medicina y la salud también  encuentran allí un rincón para vender sus productos, sus aparatos de ejercicios. La prensa, a su turno, se alimenta de la actividad diaria de los deportistas y sus clubes: noticias, fotografías, entrevistas, estadísticas, análisis, polémicas, ditirambos y revelaciones sobre los protagonistas de los hechos sobresalientes. Pero, atención, pues para nada de lo anterior se requiere un balón, así como durante más de un siglo resultaron innecesarias las cámaras, los planos electrónicos, las grabaciones los algoritmos…

Tampoco hace falta para acompañar las peregrinaciones futbolísticas: hoteles, comidas, transportes locales, bares donde celebrar o consolarse, fotos para la familia… Ni para leer libros de fútbol: historia, novelas, poemas, cuentos… Ni música ad hoc (Dai Dai, tangos, canciones de Serrat, Zitarrosa, Sabina)... Hay quienes pagan por ver fútbol y hay quienes reciben un pago por no verlo. Son cientos las personas contratadas para ocupar silletas en los límites de la cancha y pasar la tarde o la noche mirando a la tribuna a espaldas del espectáculo deportivo para detectar problemas o pendencias. 

A veces se yergue el espectro de la guerra: ha habido varias originadas en pleitos históricos que el fútbol ayuda a gestionar. Y se encrespan cada vez más la intriga política y la codicia económica. Es el terreno propio del fútbol de federaciones y de halagos; fútbol para intercambiar favores, fútbol para endiosar, fútbol para engañar, fútbol que abochorna, como aquel falso Nobel de la Paz y aquella lavadora de tarjetas rojas que obsequió el jefe de la FIFA a Donald Trump. 

Todo ello se halla tan lejos de la pelota generatriz como Scarlett Johansson del brontosaurio. 

Pero el imán del fútbol no se detiene en el poder corporativo. Hay otras formas de ingresar al mundo del balón sin balones, como el poder mafioso, que rodea, muerde y ordeña lo que produce el fútbol. Los colombianos las conocemos bien: las hemos padecido.

Y ocurre que en el terreno donde la disputa de un balón descosido o una pelota de trapo era entretención callejera de obreros y estudiantes en sus horas libres crece ahora un frondoso bosque capitalista. La carne de jugador sube su precio cada temporada. Hoy un buen delantero de veinticinco años y setenta kilos puede costar cerca de cien millones de dólares. Por la décima parte se consigue un interesante prospecto juvenil o, negociando bien, hasta dos. Las elevadas cotizaciones de la mercancía humana obligan a menudo a asociarse para una transacción costosa, de modo que una estrella internacional puede ser propiedad de varios socios: clubes, en el mejor de los casos, o bien empresas aventureras que tienen inversiones en minas o en comida basura. Es una versión plutocrática de la esclavitud de oferta y demanda en la que ni siquiera se mienta la palabra balón.

Sería un bonito ejemplo de humildad recordar que todo nació de unos desocupados que pateaban una vejiga inflada, y que el remedo de pelota no es responsable de la bomba social que ha provocado. Así como tampoco el florero de Llorente lo es de los ininteligibles monólogos de Gustavo Petro ni los ademanes de aprendiz de sátrapa de Abelardo de la Espriella.

Finalización del artículo

6 comentarios

Temas en este artículo

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales