LA LUCHA DE ANDREA

Andrea Posada conoció a Santiago Molano cuando tenía 18 años. Desde entonces él la cortejaba, pero solo diez años después iniciaron una relación sentimental. Muy poco después comenzó a agredirla emocional, verbal y físicamente. Sus agresiones se manifestaban en una celotipia desmedida, reclamos posesivos y fiesta pesada. Buscó alejarla de su familia y amistades, así como impedirle que persiguiera una vida profesional independiente. Cuando Andrea quedó embarazada ya era presa de su agresor.
Una vez separados, Santiago la sometió a un vía crucis judicial. Y hace unos años se filtró a los medios de comunicación un video en el que la golpeaba violentamente en un parqueadero. Su hijo de cuatro años estaba en el carro mientras eso ocurría.
La imagen se entrecorta porque está condicionada a un sensor de movimiento, aún así se evidencian las patadas y puños de Molano en contra de su entonces pareja.
Molano señala a Andrea de agredirlo, a pesar de las fotos, videos y testimonios que documentan lo contrario. Actualmente hay cinco procesos penales vigentes por distintos hechos, pero el único que ya está en etapa de juicio es uno que emprendió contra ella por violencia intrafamiliar. Además, hay varias actuaciones ante comisarías de familia en las que también se han vulnerado los derechos de Andrea y su hijo. El poderoso agresor y sus abogados no pierden oportunidad para recordarle que la finalidad de este esquema de persecución es despojarla de su custodia.
Un notable abogado me confesó que estos ataques judiciales constituyen uno de los más complejos esquemas de acoso judicial que ha conocido en su vida profesional. Molano tiene cómo hacerlo porque es heredero de una de las compañías más queridas de Colombia. Bajo el paraguas de Ramo hoy existe un gigante conglomerado económico avaluado en cientos de millones de dólares y una familia que conoce y admite en silencio las actuaciones violentas de Santiago.
Esta semana en Anarquía, el canal de entrevistas que fundamos con la periodista Ana Cristina Restrepo, Andrea contó su historia. Es la primera vez que enuncia públicamente todas las formas de violencia que ha sufrido en manos de Molano. Aunque en el pasado tuvo dos accidentadas apariciones en medios de comunicación, Andrea nunca había compartido a cabalidad su historia, ni siquiera cuando se hizo público el video en el que Molano le destrozaba la cara, porque ella teme a las reacciones violentas ante el sistema por parte del padre de su hijo y su poderoso equipo jurídico. Ahora es distinto porque en uno de los procesos que enfrenta corre el riesgo de perder la custodia de su hijo en manos de su agresor.
Andrea tiene derecho constitucional a contar su historia porque así lo han reconocido la Corte Constitucional y Suprema: ante la incapacidad estructural del sistema de justicia para sancionar las violencias basadas en género, sus víctimas pueden denunciarlas públicamente, incluso si no hay condena judicial contra el presunto victimario.
Aun así, la fiscalía compró el argumento de Molano, según el cual relatar públicamente esos hechos es una forma de violencia emocional y por eso la tiene ad portas de un juicio por violencia intrafamiliar; a ella, la mujer a quien le destruyen la cara en un parqueadero. Además, Ramo es un gigante de la alimentación popular colombiana y su pauta e inversión en todo tipo de publicidad puede ser altamente incompatible con cualquier periodismo que se atreva a contar esta historia. (No veremos muchas fotos del Chocoramo en las páginas de Los Danieles próximamente).
Desde Anarquía enviamos un cuestionario al señor Molano, pero a pesar del video y tantas otras evidencias, insistió: “No he cometido ningún tipo de violencia contra la señora Andrea Posada y rechazo categóricamente las alegaciones formuladas en mi contra”. Señaló también sobre las preguntas: “no considero apropiado responderlas en los términos en que están formuladas, pues ello implicaría asumir como ciertos hechos que justamente están siendo debatidos y deberán resolverse con base en las pruebas y el debido proceso”.
La violencia misógina no conoce límites de clase. En las más altas suele ser una circunstancia que permanece en silencio por años o para siempre. Las condiciones de vida en otros estamentos dificultan esconderla. Entre la gente pudiente, las formas comprometidas con aparentar y preservar los códigos del status someten a las mujeres víctimas de estos esquemas a peores consecuencias, aislamientos y sanciones sociales por alzar su voz.
Andrea nos explicó que ahora no hay nada que la persuada a permanecer en silencio. Teme perder a su hijo. Su vida se convirtió en una eterna audiencia que drena su salud mental, sus recursos, pero no su tenacidad. Ninguna de las intensas formas de violencia que ha padecido ha logrado marchitar su fuerza. Quiere impulsar una ley para detener los esquemas de acoso litigioso como forma de violencia institucional en contra de las mujeres y dedicarse a criar a su hijo sin estar sometida al asedio de su poderoso agresor y la dulce billetera que lo respalda.
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