Ir al contenido principal

TIGRES, ABEJAS Y CUERVOS

TIGRES, ABEJAS Y CUERVOS
Daniel Coronell
Los Danieles

TIGRES, ABEJAS Y CUERVOS

Era difícil imaginar que uno de los mayores aduladores de Álvaro Uribe se convertiría en el sepulturero de su carrera política. El hoy presidente electo, Abelardo de la Espriella, no ahorraba lisonjas para calificar al expresidente. No le alcanzaban los adjetivos: “el CEO”, “el hombre más importante que ha parido Colombia”, “el que nos devolvió la fe”, “el papá de los pollitos”. 

En una entrevista de ADLE a AUV, que tuvo como escenario una tienda de licores en Miami —uno de los muchos negocios sin mayores ingresos de De la Espriella—, en medio de los acostumbrados halagos, se atrevió a plantear un paralelismo entre su mentor y él:

–Por eso yo digo que usted se encarga de las cosas fundamentales y yo me encargo del departamento de banalidades. 

El asunto es que el encargado de las banalidades es el nuevo líder de la derecha en Colombia y quiere medir su fuerza contra Uribe en la elección del presidente del Senado. Los candidatos para el cargo son lo de menos, personajes menores en el juego de la política, pero el resultado decidirá si el presidente electo manda más –o manda menos– que el jefe del Centro Democrático.

A pesar de que De la Espriella ganó la presidencia por una diferencia menor del 1 por ciento, obtuvo la votación más grande de la historia. Ganó sin el respaldo de Uribe, se quedó con la mayor parte de lo que había sido su electorado y tiene en sus manos el poder para ponerle punto final a sus 25 años de predominio en la política nacional.

El expresidente Uribe, cuyo olfato político nadie ponía en duda, viene de un seguidilla de derrotas. Primero, la selección de Paloma Valencia como candidata del Centro Democrático dejó enormes heridas internas en su partido. El proceso de encuestas internas no fue un ejemplo de transparencia y muchos piensan que un dedazo de Uribe decidió, como ha pasado antes. Las otras dos aspirantes, María Fernanda Cabal y Paola Holguín, renunciaron al partido después del cuestionado proceso. 

La siguiente decisión del exmandatario parecía muy razonable. Puso a Paloma Valencia a concursar con un grupo de aspirantes desahuciados, entre quienes era claro desde el primer momento que ella ganaría. El cálculo detrás de la llamada gran consulta era sencillo: Paloma se quedaría con el voto del uribismo y con una parte importante del codiciado –aunque indefinible– centro.

Los resultados inciales parecían darle la razón. Paloma obtuvo el 45 por ciento de los votos. Siete de los instrumentales enanitos quedaron con menos del 5 por ciento. Solo uno de ellos, Juan Daniel Oviedo, tuvo un resultado representativo: 1.200.000 personas, casi el 18 por ciento de quienes participaron en la consulta, lo apoyaron, principalmente como reacción a un comentario homofóbico de Abelardo de la Espriella. Esa descalificación molestó a muchos en un sector de la opinión y halagó a otros que simpatizan con la llamada línea “anti woke” que encarna De la Espriella.

El matrimonio por conveniencia entre Paloma y Oviedo, impulsado por Uribe, no alcanzó a tener luna de miel. Se acabó en la primera entrevista. Las diferencias imposibles de conciliar se hicieron patentes en el escritorio de Federico Gómez Lara, director de Cambio. Ella que invitaba a votar por Oviedo como la persona más confiable para ser vicepresidente de Colombia, era incapaz de recomendarlo para que adoptara un niño. 

La jugada a tres bandas del expresidente no resultó. Paloma no ganó el centro, pero sí perdió la mayor parte de la derecha. Como si fuera poco –y quizás guiándose por las encuestas que mostraban a Paloma como la única candidata capaz de derrotar a Iván Cepeda– el presidente Gustavo Petro decidió inflar a Abelardo de la Espriella, convirtiéndolo en protagonista de un enredado complot, jamás demostrado, y elevándolo a contradictor directo del jefe de Estado.

Los resultados se encargaron de mostrar el grave error de cálculo de Petro.

Abelardo de la Espriella ganó la elección y no solamente la ganó sin Uribe, sino que, además, la ganó contra Uribe. En plata blanca, no le debe nada. Le puede pasar por encima la aplanadora, tal como el expresidente lo hizo en el pasado con los perdedores.

Álvaro Uribe sabe que la creación del Partido Defensores de la Patria terminará hundiéndolo en la irrelevancia. Ocupará su lugar, tal como él lo hizo, en su momento, con los partidos que le sirvieron en un punto de su carrera: el Liberal, en el que empezó, y el de la U, armado para su reelección.

Lo bueno de esta contienda de antiguos amigos es que –sea cual sea el resultado– siempre habrá una derrota para celebrar.

Finalización del artículo

13 comentarios

Temas en este artículo

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales